jueves, 11 de diciembre de 2008

Tres ministerios diseñan un proyecto de la Ley de Economía Solidaria

ECUADOR
Mañana comenzarán consultas y talleres en todo el país para elaborar un proyecto de Ley de Economía Solidaria.Tras la vigencia de la nueva Constitución, el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) conjuntamente con el Ministerio Coordinador de la Política Económica, Ministerio Coordinador de Desarrollo Social, Senplades y las organizaciones de la sociedad civil impulsan una propuesta de ley.El artículo 283 de la Carta Magna dice que el sistema económico “es social y solidario” y reconoce al ser humano como sujeto. Además, “que se integrará por las formas de organización económica pública, privada, mixta, popular y solidaria y las demás que la Constitución determine. La Economía Popular y Solidaria (EPS) se regulará de acuerdo con la ley e incluirá a los sectores cooperativistas, asociativos y comunitarios”.La EPS “es un actor de generación de empleo y de ingreso que ha sido invisibilizado por las políticas públicas de los gobiernos de turno y considerado marginal y dedicado a la solución de pequeños problemas comunitarios”, establece un documento del MIES. En ese informe se agregó que solo el sector de la microempresa representa alrededor del 50% del empleo formal, sus ventas corresponden el 25,7% del Producto Interno Bruto (PIB).Mario Cadena, subdirector del Fondo Populorium Progressio (FEPP), explicó que esta iniciativa busca recoger información de los actores de la Economía Popular y Solidaria en los distintos ámbitos en los que se desarrolla, como el sector agrícola, lácteo, turismo, cooperativas de ahorro y crédito. Después de catorce semanas de análisis se podrá contar con un proyecto borrador de ley.El 9 de diciembre arrancarán estos talleres en Cuenca para Zamora y Loja; en Puyo para Pastaza y Napo; en Coca para Orellana y Sucumbíos. El 11 de diciembre se hará en Guayaquil para Los Ríos, Santa Elena y El Oro. En Ibarra se hará para Imbabura, Carchi y Esmeraldas. El costo de elaboración de la Ley de Economía Popular y Solidaria ascenderá a $ 65 mil, que se usarán en el equipo consultor, talleres y facilitadores, según el MIES.Otras fechasPara la provincia de Manabí, el taller se realizará el 12 de diciembre en la ciudad de Montecristi. Ese mismo día se desarrollará el evento para Chimborazo en Ambato. El 16 de diciembre, la charla será para las provincias de Santo Domingo de los Tsáchilas y Pichincha y se realizará en Quito.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Solo medidas No capitalistas tendrán éxito ante la crisis económica

"La crisis es del capitalismo, no es de un modelo de regulación y de los excesos financieros, sino del sistema, porque las burbujas especulativas son inherentes al capitalismo", así lo expresó economista argentino Claudio Katz.
Cualquier medida económica que se aplique en la región frente a la actual crisis financiera mundial, tendrá futuro sólo si se actúa dentro de un modelo no capitalista. "Es un momento de bisagra en la economía, en lo político y en el análisis internacional".Así lo expresó el economista argentino Claudio Katz al exponer su ponencia "Interpretaciones y controversias sobre la crisis financiera actual", durante el acto de "Respuestas del Sur a la crisis Económica Mundial" que se efectúa desde miércoles y hasta el 11 de octubre, en la Escuela Venezolana de Planificación, ubicada en La Rinconada.Al respecto, aseguró que el Socialismo del Siglo XXI es una iniciativa que debe ser estudiada como opción frente a la crisis que soporta el capitalismo global y puso como ejemplo el Alba y la nacionalización de los recursos naturales.Advirtió que se crearán otros instrumentos coyunturales como proteger las reservas, evitar la fuga de capitales. "Esta vez la crisis no viene de América Latina, sino desde Estados Unidos. Hay que analizar cómo impactará en la región". Sin embargó, advirtió que este impacto será desigual. "El Cono Sur está más autónomo ante la crisis".Katz calificó la reciente crisis financiera mundial como un acontecimiento histórico, ya que las mismas clases dominantes están asustadas y perplejas, “porque se les ha caído el muro de Berlín a ellos”.Argumentó que dentro de la coyuntura actual existe un gran colapso bancario y el típico reclamo de los financistas, dentro de un clima de gran indignación en Estados Unidos contra los bancos, porque se tiene conciencia del enorme costo fiscal que costará, aproximadamente 4% del PIB de ese país.Agregó que además se encuentra el efecto en la economía real como la recesión, el desempleo en un país que carece de una red de protección social. El economista también recordó que la crisis se globaliza y que Europa no brinda respuestas porque está procesando su propia política de altas tasas de interés.Destacó que para adentrarse a la actual crisis se deben buscar analogías para saber el devenir. Una comparación es la crisis bursátil de 1987 y 1991, la cual aseguró que no es válida debido a que en ese momento no se cayeron los bancos y el consumo se había recuperado. Otras comparaciones como la depresión profunda que sufrió Japón en los años 90, tampoco es válida ya que no fue una crisis mundial.Declive ideológico del neoliberalismo:En el plano ideológico, Katz aseguró que ha sido un duro golpe, para la creencia en la preeminencia del mercado. "Esta crisis marca el declive ideológico del neoliberalismo", aseguró.Alegó que el problema no son los banqueros y especuladores, sino la provocación de un modelo económico compartido por las grandes corporaciones y por la élite de la clase dominante mundial."La crisis es del capitalismo, no es de un modelo de regulación y de los excesos financieros, sino del sistema porque las burbujas especulativas son inherentes al capitalismo, así como el desempleo y la quiebra de bancos".Enfatizó que la cara más nefasta de este sistema está a la luz pública y cómo golpea a las mayorías populares en el mundo. "Es una oportunidad para recuperar la tradición marxista de análisis de la crisis, caracterizándola como una crisis del capitalismo".

Lecciones del colapso de Wall Street


James Petras
Global Research

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

El actual colapso del mercado bursátil y la pérdida de cientos de miles de millones de dólares, gestados por los bancos inversores de Wall Street, ilustran las trampas y peligros del capitalismo de libre mercado a que se enfrenta toda la población trabajadora de los Estados Unidos.

La bancarrota inminente de la Seguridad Social: El intento de hace tres años de la Casa Blanca y de destacados congresistas republicanos y demócratas de “privatizar” la Seguridad Social –volcando esencialmente en Wall Street la administración e inversión de miles de millones de dólares de fondos de la Seguridad Social-, con el argumento de que los inversores privados obtendrían mayores ganancias, habría llevado a la bancarrota de toda la financiación de la Seguridad Social. La privatización habría permitido que los bancos de inversiones privadas más importantes apalancaran y especularan incluso con los instrumentos financieros de más alto riesgo, con los desastrosos resultados que estamos presenciando en estos momentos. Aunque los fondos privados de pensiones se han ido a pique, la Seguridad Social sigue en pie. Son las pensiones privadas las que están en bancarrota, no los fondos de la Seguridad social administrados públicamente, contrariamente a las opiniones de expertos y críticos de la Seguridad Social. La actual debacle privada sirve, claramente, para defender el control y la administración públicos de los programas de pensiones.

Todos los fondos privados importantes de pensiones para empleados públicos y privados, incluyendo TIAA CREF, CALPERS y las pensiones de los sindicatos han registrado pérdidas de entre el 23 al 30% desde el mes de enero y han venido mostrando un crecimiento negativo a lo largo de los últimos cinco años. Se ha puesto de manifiesto que vincular los fondos de pensiones con los mercados de valores no ha servido más que para reducir gravemente los niveles de vida de los jubilados, obligando a muchos de ellos a seguir como fuerza laboral hasta los setenta o más años si no quieren hundirse en la pobreza. Las pensiones vinculadas con actividades productivas financiadas públicamente habrían evitado las pérdidas y riesgos implícitos en las inversiones en el mercado bursátil.

Las decisiones estratégicas bipartidistas de convertir EEUU en una economía de “servicios” en oposición a una economía manufacturera diversificada es la causa-raíz del colapso del sistema financiero estadounidense y de la aparición de una recesión a largo plazo. Desde los años sesenta en adelante, la elite política ha venido adoptando una serie de políticas que promovieron las finanzas, las compañías inmobiliarias y de seguros, lo que se conoce como sectores FIRE, que se dedicaron a aumentar los alquileres, desviar subsidios, proporcionar concesiones fiscales y subsidios, destruyendo y desplazando a la industria. La reconversión de una economía FIRE en una economía manufacturera equilibrada y la recuperación del estado del bienestar, esenciales para revertir el colapso de la economía estadounidense, requerirán de una importante convulsión política.

La huida masiva de capital de los sectores productivos a los sectores FIRE fue acompañada de un inmenso crecimiento del capital exterior, haciendo que la economía interna, especialmente volátil y basada en "servicios financieros” de riesgo y consumidores tremendamente endeudados, pasara totalmente a depender de los “servicios”.

La conversión de EEUU de una economía diversificada en una de monocultura “FIRE” aumentó las probabilidades de un colapso general cuando el mercado financiero/inmobiliario se fuera a pique. La recuperación y el crecimiento sostenido sólo pueden producirse con el retorno a una economía diversificada, con la retención del capital huido al extranjero, la inversión a gran escala y largo plazo y los incentivos para los sectores productivos y de servicios sociales.

La búsqueda de la construcción del imperio dirigida por el ejército a expensas de las empresas mixtas y de los acuerdos de comercio recíproco con países con mercados en expansión, fuentes energéticas estratégicas y grandes poblaciones y mercados, crearon enormes déficit presupuestarios y comerciales y alienaron fuentes potenciales de mercados y materias primas estratégicas.

Mil billones de gastos militares en pos de guerras coloniales prolongadas y de altísimo coste (infinito), desviaron los fondos de su aplicación en avances tecnológicos y manufacturas caras y de gran calidad, que habrían abaratado costes y aumentado la competición mercantil. Igual importancia tuvo que, al sustituir la expansión interior dirigida por el mercado por la conquista exterior dirigida por el ejército, todo el eje del poder económico se trasladara del capital industrial al capital financiero. Así, el capital financiero necesario para financiar el déficit presupuestario del gobierno, originado por los gastos militares, fue cada vez adquiriendo más peso: Wall Street sustituyó la correa de acero como eje de poder en Washington.

El ascendiente del militarismo y del capital financiero facilitaron que incrementara su influencia una configuración virulenta del poder que promovía específicamente los intereses hegemónicos regionales de un estado militarista-colonial que hasta entonces había sido un lobby político marginal: la configuración del poder sionista a favor de Israel (ZPC, por sus siglas en inglés).

Los constructores del imperio dirigido por el ejército vieron en la ZPC un aliado estratégico en su búsqueda de conquistas globales, la ZPC vio una puerta abierta hacia los altos despachos y múltiples oportunidades para promover la agenda expansionista de Israel a través de su influencia en los comités del Congreso, en las campañas electorales y en los nombramiento directos para la Casa Blanca. El incremento de influencia de la ZPC en los escalones más altos del poder vino instigado por el aumento de apoyo financiero que recibieron de miembros situados en posiciones estratégicas en las instituciones financieras más lucrativas. La ZPC fue un beneficiario económico de la burbuja especulativa: fue la infusión masiva de aportaciones financieras lo que permitió que la ZPC ampliara inmensamente el número de funcionarios con dedicación completa, de traficantes de influencias y de contribuyentes a las elecciones que magnificaron su poder, especialmente a la hora de promover las guerras estadounidenses en Oriente Medio, en escorados acuerdos de libre comercio (a favor de Israel) y en el incuestionable apoyo a la agresión israelí contra Líbano, Siria y Palestina. La recuperación económica va a depender de que se ponga fin al presupuesto dedicado al imperialismo militar. Eso no va a suceder a menos que se produzca el reemplazo sistemático de la elite política alimentada a partir de la metafísica del poder global basado en el ejército.

Ninguna recuperación económica es posible ahora o en un previsible futuro mientras el Congreso estadounidense y sus ejecutivos proporcionen rescates financieros por valor de mil billones de dólares a los insolventes especuladores de Wall Street, financien presupuestos de 700.000 millones de dólares para los gastos de una guerra siempre en expansión y los broker del poder sionista sigan dictando las políticas estadounidenses en Oriente Medio.

Las lecciones del pasado nos dicen mucho sobre qué caminos debemos y no debemos tomar.

La Seguridad Social existe aún precisamente porque el pueblo estadounidense se rebeló y desertó de la propuesta de traspasarla a Wall Street y quiso que siguiera siendo un programa dirigido públicamente. El sistema financiero se colapsó porque la economía estadounidense está “especializada” en una única cosecha: la financiera, a expensas de una economía productiva diversificada. El sistema político está totalmente desacreditado porque está dirigido por una elite política fracasada que representa y actúa desvergonzadamente en nombre de unos pocos miles de oligarcas financieros, un par de cientos de oligarcas militaristas y unas cuantas docenas de celosas organizaciones sionistas.

La “elite en el poder” sólo es tan poderosa como parece porque puede manipular, intimidar y engañar a más de 300 millones de ciudadanos estadounidenses haciéndoles pensar que son indispensables para sus vidas. El abrumador rechazo popular a la privatización de la Seguridad Social y al rescate financiero de Wall Street sugiere que la oligarquía reinante no es invencible.

lunes, 6 de octubre de 2008

Lección acelerada de capitalismo

Claudio Katz Rebelión

En Estados Unidos se implementan medidas contradictorias frente al colapso financiero. Predomina la estatización y el aliento de las fusiones, pero también se insinuó permitir la caída de algunos bancos. La nacionalización de hipotecas tóxicas tendrá un costo inédito y no resuelve la insolvencia de los deudores.La recesión norteamericana tiende a globalizarse, la política monetaria europea acentúa el enfriamiento, Japón arrastra su propia depresión y se esfuma la expectativa de un desacople liderado por China.Las analogías iniciales con el crack bursátil (1987) y la burbuja tecnológica (2001) han perdido pertinencia, pero muchas comparaciones con el 30 omiten las diferencias creadas por el intervencionismo estatal y la asociación mundial de capitales y potencias. Ciertas semejanzas con la depresión japonesa son acertadas, pero la referencia de 1975-76 es más útil para graficar el cambio de etapa.La pérdida de autoridad política, las adversidades militares y los desequilibrios económicos limitan la capacidad norteamericana para exportar la crisis. Pero el paradójico refugio en el dólar abre interrogantes sobre su ocaso.La crisis refutó las creencias neoliberales y la teoría de atenuar riesgos con inversiones sofisticadas. Ha ganado primacía un discurso heterodoxo que oculta la articulación de las regulaciones con la ganancia. La especulación es inherente al capitalismo y los banqueros han actuado en sociedad con los industriales.El estallido obedece a una crisis peculiar de sobre-acumulación, asentada en valorizaciones ficticias y el endeudamiento de los asalariados. Expresa el agravamiento de la sobreproducción que genera la contracción salarial y la competencia global. Además confluye con un encarecimiento cíclico de las materias primas, potenciado por la devastación del medio ambiente. Estos procesos agotaron el hiper-consumo norteamericano provisto por Asia y financiado por el resto del mundo.Los países periféricos son candidatos a sufrir los mayores efectos de la conmoción, como lo anticipa la tragedia de África y el brote de hambruna. Es también incierta la continuidad del espacio ganado por las clases dominantes de la semiperiferia. El tsunami financiero ilustra las dramáticas consecuencias del capitalismo e incita a construir una opción socialistaEl terremoto de Wall Street ha desconcertado al establishment global. En la cúspide del poder predomina el pánico y las declaraciones alarmistas. Todos registran la presencia de un acontecimiento que podría inaugurar un cambio de época. La comparación con la caída del muro de Berlín es un indicio de esta dimensión histórica. El temblor actual comenzó a incubarse en junio del año pasado con el desplome de los fondos de cobertura administrados por Bear Stearns y cobró fuerza con la nacionalización del Northern Rock británico. De esta gestación se pasó a un estallido cuya profundidad salta a la vista.MAGNITUD Y COSTOS La rápida conversión de problemas de liquidez en baches de solvencia ilustró desde el principio la enorme dimensión de una crisis, que no logró ser contenida con medidas parciales. La reducción de tasas de interés resultó tan inútil como el intento de formar un fondo de rescate manejado por los bancos. Tampoco sirvió la gran provisión de dinero al mercado o el auxilio de los fondos soberanos del exterior. El gobierno norteamericano ha puesto en práctica varias iniciativas contradictorias para atenuar la explosión. Al permitir el desmoronamiento de Lehman Brothers tentó la posibilidad de una limpieza brutal de los bancos quebrados y sugirió la fijación de ciertos límites al salvataje. Pero como precipitó el terror de los financistas revirtió rápidamente este curso, que le otorgaba a la Reserva Federal plenas atribuciones para dictaminar quién cae y quién se salva. La variante opuesta de estatizar todas las pérdidas se ha consolidado luego de la nacionalización de AIE. El sostén oficial de la mayor aseguradora del mundo (y de su gigantesco portafolio de fondos de pensión) complementó el rescate previo de Fannie Mae y Freddie Mac, que financian la mitad de las viviendas norteamericanas. La contaminación de estas instituciones semipúblicas indicó hasta que punto han quedado desbordados los problemas iniciales con créditos de baja calidad (subprime). Con una nueva secuela de estatatizaciones se auxiliaría a las próximas víctimas del vendaval: los fondos de cobertura y los fondos de capital de riesgo (que operan con títulos altamente especulativos) y los fondos de dinero (que aglutinan inversiones menos audaces y carentes de garantía estatal). Pero el punto crítico son los bancos comerciales. La quiebra de Washington Mutual inauguró un desplome que amenaza extenderse a las 117 entidades minoristas que el FDIC (organismo oficial de garantía) tiene en observación. Algunas estimaciones pronostican un réquiem para la mitad de los 8.500 bancos actuales. En cualquier caso, ya es evidente que la crisis traspasó a los bancos de inversión (que recaudaban dinero directamente en el circuito financiero) y afecta a todo el sistema, con picos de parálisis en las operaciones interbancarias e insinuaciones de corralitos para los depósitos. En este cuadro se está desenvolviendo una vertiginosa oleada de adquisiciones. Merry Lynch fue capturada por Bank of America, Bearn Stearn fue tomada por Morgan Stanley, Wachovia pasó al Citigrup (o Wells Fargo) y Goldman Sachs ha puesto en venta su paquete accionario. Este virulento cambio de manos se extiende a escala internacional con la adquisición del británico HBOS por el Lloys y la absorción de las sucursales de Bradford and Bingley por el Santander español. Algunos compradores (Barclays) se apoderan por moneditas de sus viejos competidores (Lehman) o picotean sus desechos. El resultado de semejante aluvión sería un nivel de concentración bancaria nunca visto. Quiénes sobrevivan a sus apuestas (eventualmente el trío JP Morgan Chase, Bank of America y Citigrup) asumirán el comando de todo el sistema financiero norteamericano. Este nivel de centralización es precedido por una furibunda desvalorización de los capitales en juego, que hasta ahora se procesa dentro de la esfera financiera. Otra opción en curso es la nacionalización de las hipotecas tóxicas, que el Congreso discutió en un clima de chantaje bursátil. Los financistas (presentados como “el mercado”) exigieron el socorro público para permitir que la economía se mantenga en pie (“restaurar la confianza”). Reclamaron al gobierno que adquiera los títulos depreciados para su revalorizarlos y revenderlos. Este rescate se parece al salvataje que obtuvieron los financistas mexicanos en 1995. Allí también el estado compró títulos carentes de valor, limpió los balances de las entidades y comercializó papeles a pura pérdida del fisco. Los especuladores han creado un clima de pánico para que su nueva estafa sea bendecida como un alivio. Pero este descarado auxilio estatal a los responsables del colapso ha desatado una indignación contra los banqueros, que se burlan de sus sacrosantas reglas del libre mercado. Este rechazo a Wall Street –que no se observaba desde la época de Roosveelt- ha obligado a los legisladores ha incorporar ciertas restricciones al cheque en blanco que inicialmente reclamó la FED. Las enmiendas incluyen rebajas impositivas de distinto tipo, para crear la ilusión de una distribución más equitativa de la carga. El generalizado malestar expresa, además, la masiva intuición de un derroche inútil. Si el paso del tiempo confirma que dos tercios de los créditos hipotecarios son totalmente incobrables se habrá dilapidado una montaña de dinero. Es evidente que ninguna ingeniería financiera puede contrarrestar el desplome continuado del precio de las propiedades o el deterioro perdurable del ingreso de sus compradores. Por esta razón el Congreso también auspicia alguna forma de renegociación de las hipotecas entre deudores y bancos con la mediación del estado. Pero sólo un lejano contexto de recuperación económica brindaría algún sostén a esa iniciativa. Por el momento predomina una crisis sin solución a la vista que ha diluido todos principios neoliberales. En un clima de intervención y subsidios, el regulador es bienvenido y el mercado es cuestionado. Pero como el rescate no es gratuito habrá que solventar una operación de costo desconocido. La emisión de títulos sobre títulos ha sido tan sofisticada que nadie sabe calcular cuál es el monto en juego. En julio del 2007 la FED estimaba pérdidas por 50 mil millones de dólares. A principio de año la cifra saltó a 512 mil millones y las evaluaciones actuales giran en torno a uno o dos billones de dólares. ¿Cómo se pagará semejante factura? Las grandes crisis bancarias de las últimas décadas tuvieron costos monumentales para los países subdesarrollados. Involucraron el 55,1 % del PBI de Argentina (1980-87), el 55% de Indonesia (1997-2004) y el 34% de Tailandia (1997-2004). Pero este porcentaje apenas alcanzó el 3,2 % en el último gran rescate financiero de Estados Unidos (1981-91). Por primera vez en décadas la primera potencia deberá afrontar un bache financiero-fiscal de gran escala. IMPACTO RECESIVO GLOBALEl estallido de la crisis ha transformado la desaceleración económica en una recesión manifiesta. El freno ya se percibe en la caída de la inversión, el estancamiento del consumo y la fragilidad de las exportaciones estadounidenses. La discusión entre optimistas y pesimistas sobre el futuro nivel de actividad se ha zanjando con un diagnóstico coincidente de caída del PBI. Ya no hay margen para reactivar con reducciones de tasas de interés, mientras el “desapalancamiento” financiero (asumir pérdidas y limpiar carteras) precipita la contracción del crédito y la escalada deflacionaria. Desde los años 60 todas las recesiones precipitadas por colapsos inmobiliarios han sido particularmente prolongadas. El consumo a crédito que sostiene a la economía norteamericana ha quedado frontalmente afectado y se avecina una crisis social de proporciones. Los deudores desesperados que abandonan sus casas para evitar el remate son las primeras víctimas de esta pesadilla. El desbarajuste inmobiliario amenaza a una población ya irritada por el aumento del precio de la nafta, que avizora el temido desempleo en un país carente de protecciones sociales significativas. En este clima crece la indignación hacia los ejecutivos de Wall Street, cuyos ingresos en las últimas tres décadas saltaron de 40 a 344 veces del promedio laboral. La gravitación internacional de la economía norteamericana determina la acelerada transmisión de su recesión. Sólo Wall Street maneja un volumen de fondos superior al conjunto de las bolsas europeas. Estados Unidos concentra el 20% del PBI global, pero sus importaciones aceitan el comercio global y sus empresas transnacionales definen la tónica productiva de todo el planeta. El salto registrado en la mundialización ha incrementado, además, la sincronización internacional del ciclo económico. La expectativa inicial en un desacople liderado por Europa se ha desvanecido con la secuela de estatizaciones que siguen la huella estadounidense (Fortis de Bélgica-Holanda, Bradford and Bringley de Inglaterra, Glitnik de Islandia). El viejo continente afronta los mismos problemas de créditos incobrables que su par norteamericano, pero implementando una política monetaria dura, que buscó homogenizar en torno al euro las distintas situaciones nacionales. La crisis no sólo ha socavado ese intento y ha dividido a los gobiernos entre partidarios de un fondo general de rescate y promotores de salvatajes a cargo de cada presupuesto nacional. Esta fractura obviamente indica que la salud de los bancos es muy despareja en la región. Todo el intento europeo de sostener el proyecto neoliberal de unificación con altas tasas de interés se encuentra, además, seriamente amenazado por el enfriamiento que impone al nivel de actividad. Por su parte Japón tampoco contrarresta el giro recesivo, ya que arrastra las rémoras de su propia depresión. La economía nipona tiene menos autonomía que Europa para incidir fuera de su estrecho campo de influencia y cuando comenzaba a recuperarse ha chocado con el desplome norteamericano. El papel compensador que se esperaba de China e India se ha diluido, ya que ninguna locomotora puede empujar a un convoy totalmente descarrilado. Se ha discutido mucho si China podía contrarrestar la desaceleración mundial con la expansión de su mercado interno. Algunos economistas resaltaron esa posibilidad y otros la descartaron, recordando la dependencia del crecimiento asiático del mercado norteamericano. Pero el contrapeso chino requería un freno moderado de la actividad en los centros y no la abrupta recesión que se ha desatado. Por eso el anunciado desacople tiende a convertirse en un reacople de Asia a la caída general. COMPARACIONES Muchos analistas buscan en las crisis precedentes una guía sobre el posible devenir del shock actual. Las analogías iniciales con el crack bursátil de 1987 o con el estallido de la burbuja tecnológica del 2001 han quedado totalmente superadas. En ambos casos los activos en juego eran acciones y no viviendas y ninguno de esos temblores desembocó en colapsos bancarios. Sólo precipitaron recesiones de acotadas duración e intensidad, que fueron remontadas por la reactivación del consumo en un plazo relativamente breve. Descartada la semejanza con estos declives de poco alcance se ha impuesto una generalizada comparación con la depresión del 30. Numerosos economistas resaltan los puntos de coincidencia con este clásico antecedente del desplome general. Pero se equipara la eventual profundidad de la caída y no las modalidades de la crisis. Si la intensidad de la regresión productiva y social alcanzará esa magnitud es por el momento una incógnita. Pero la dinámica del proceso en curso presenta numerosas diferencias con el sendero que desató 1929. Las medidas que hace ocho décadas se aplicaron con posterioridad al crack se han implementando actualmente con anticipación. La inyección de liquidez de los últimos meses provocaría horror a Hoover y suscitaría los aplausos de Keynes. En la actualidad también se limita la caída de los bancos y se elude cualquier aumento de las tasas de interés. Habrá que ver si estas medidas atenúan o agravan el desplome económico, pero se desenvuelven en un contexto internacional muy distinto al pasado. En los años 30 no existía el actual entrelazamiento de capitales y tampoco operaba una coordinación entre la FED y los bancos centrales de Europa y Asia. En lugar de una moneda internacional de referencia prevalecía una disputa por heredar la primacía de la libra esterlina y en función de esa aspiración, las grandes potencias devaluaban sus monedas. El escenario proteccionista de áreas comerciales en pugna distaba mucho de la interconexión actualmente impuesta por las empresas transnacionales. La gran depresión derivó en una confrontación bélica entre las principales potencias, que nadie avizora al comienzo del siglo XXI. Un enfrentamiento militar entre Estados Unidos, Europa y Japón es inimaginable. Otra comparación en boga presenta el estancamiento padecido por Japón como un espejo de lo que sucederá en Estados Unidos. Esa economía asiática soportó una burbuja inmobiliaria muy semejante, con precios que se triplicaron (1986-91) y luego se desmoronaron en dos tercios. Pero Japón vaciló en implementar las medidas que Estados Unidos ha instrumentado rápidamente, confirmando la brecha que separa a una potencia subordinada de otra dominante. Además, la economía nipona nunca actuó como locomotora de la economía mundial y al depender de la protección militar norteamericana se remodeló con medidas comerciales y cambiarias (revaluar el yen y abrir su economía), que nadie se atreve a sugerirle a Estados Unidos. Quizás la comparación más adecuada con el desplome actual es lo ocurrido en 1975-76. Esa crisis clausuró una etapa (el boom posguerra) con la misma contundencia que el temblor del 2008 pondría el fin del neoliberalismo pleno (que instauraron Thatcher y Reagan). Tomando en cuenta esta referencia histórica hay que prestar atención a las medidas que expresaron giros significativos. Hace tres décadas estos virajes fueron la inconvertibilidad del dólar (1970) y el aumento de tasas de interés (1978). Seguramente la crisis actual incluirá transformaciones de ese alcance y en poco tiempo sabremos si las medidas que ya se han adoptado, atenúan o exacerban la intensidad de la conmoción. LOS BARÓMETROS Más productivo que adivinar la magnitud futura de la crisis es caracterizar sus tendencias. Estos lineamientos se concentran en las debilidades y los recursos que acumula la primera potencia. Los indicadores de fragilidad norteamericana están a la vista, especialmente en el terreno político. Bush es un cadáver del proyecto neo-conservador socavado por la aventura en Medio Oriente. Esta adversidad militar limita la capacidad del imperialismo norteamericano para transferir la crisis a sus competidores. Pero más significativa es la fulminante pérdida de autoridad presidencial para actuar frente al desplome bancario. No es la cercanía de las elecciones lo que erosionó ese poder, sino la división de la elite estadounidense frente al terremoto de Wall Street. Desde Nixon no se veía un escenario tan volátil. Las debilidades económicas de Estados Unidos son también visibles. Un déficit comercial del 6% del PBI obstruye el giro hacia un modelo exportador, al cabo de tantos años de euforia compradora. El país carga con el mayor pasivo del planeta, tiene el 50 % de sus bonos públicos en manos de extranjeros y se aproxima a un déficit fiscal récord. Pero la otra cara de esta realidad es la capacidad que ha mostrado la Reserva Federal para proteger al dólar y a los Bonos del Tesoro del desbarranque general. Logró hasta ahora monitorear una caída controlada de la divisa norteamericana, preservando el principio de fijar una cotización atractiva para la afluencia de capitales y al mismo tiempo estimulante de las exportaciones. Como ambos niveles son contradictorios, el equilibrio requiere una gran predisposición de los acreedores para convalidar la primacía monetaria estadounidense. Hasta el momento esa subordinación perdura a pesar del colapso económico-financiero. En medio de la caída de Wall Street el vuelo de los capitales hacia la calidad favorece al activo en mayor peligro. Paradójicamente los capitalistas del mundo se refugian en el dólar y sus bonos, es decir en la moneda y en los papeles formalmente más amenazados. Ninguna otra economía podría generar una reacción, que obviamente obedece al rol central de Estados Unidos en la reproducción del capitalismo global. Este protagonismo se asienta en la protección brindada por el Pentágono a todas clases dominantes. Es un resguardo decisivo que modifica todos los patrones convencionales de evaluación del proceso económico. Es importante recordar esta peculiaridad, para evitar el análisis de la economía estadounidense con los mismos parámetros que se juzga a cualquier otro país. El refugio en el dólar también ilustra la creciente internacionalización de los negocios en torno a una moneda, que acapara el 70% del comercio y el 65 % de las reservas mundiales. Al sostener al dólar el grueso de los acreedores del planeta defiende su propio pellejo. Pero resulta difícil imaginar una simple continuidad de esta hegemonía monetaria luego del tsunami registrado en las últimas semanas. Si logra perdurar como reserva global, el dólar deberá adaptarse a las nuevas relaciones de fuerza que emerjan de la crisis. La aceptación de una mayor gravitación de los bancos extranjeros dentro de Estados Unidos (en desmedro de viejas restricciones) podría formar parte de esta adecuación. El traspaso de acciones de Morgan Stanley a China Investment o a Mitsubishi, la venta de Goldman Sachs a Sumitomo Mitsui y la transferencia de las operaciones externas de Lehman a Nomura anticipan esa tendencia. Pero también existe la posibilidad inversa de una ruptura del sistema monetario, que obligue al dólar compartir su señorazgo con otras divisas. En este caso se forjarían áreas monetarias siguiendo el modelo competitivo de entre-guerra. Hasta el momento no existen indicios de esta posibilidad, ya que a diferencia del pasado ninguna potencia pretende erigir su poder aplastando al imperialismo dominante. Pero los candidatos a compartir el poder global no se suicidarán junto al dólar, si el desplome arrastra a esa moneda. Los distintos cursos en juego dependen básicamente de un factor: la magnitud de la crisis. ORTODOXOS Y HETERODOXOS Las interpretaciones de la crisis son más importantes que las descripciones o los pronósticos. Los economistas ortodoxos se han quedado sin argumentos frente a un colapso que desmiente todos sus principios. Mantienen un bajo perfil hasta que amaine la tormenta y encuentren alguna justificación de su aval a la estatización de los bancos. Como la hipocresía neoliberal ha salido a la superficie y sus voceros están desprestigiados, cabe esperar el declive ideológico del pensamiento derechista más influyente de las últimas décadas. Todavía se escuchan voces que explican lo ocurrido por el “descontrol del crédito” y el otorgamiento de “malos préstamos” a “dudosos clientes”. Pero el generalizado impacto de la burbuja inmobiliaria indica que los errores no fueron ocasionales. Los créditos de baja calidad se masificaron por la competencia que libraron los bancos por la colocar bajo el paraguas de una legislación permisiva. El desmoronamiento financiero también refuta la confianza ortodoxa en la protección esperada de los paquetes crediticios sofisticados (“securitizacion”). Cómo ese combo incluía préstamos de variada consistencia imaginaron que la diversificación atenuaría el riesgo. La crisis ha pulverizado esa creencia al generar un típico escenario de sálvese quién pueda. El eclipse de los talibanes del mercado ha colocado a sus rivales de la heterodoxia en el primer plano. Krugman, Stiglitz y Soros no se cansan de repetir su teoría de la crisis por descontrol, atribuyendo la enfermedad a la desregulación y postulando su curación con alguna dosis de supervisiones. Cuestionan el escaso control de las agencias federales, objetan la eliminación de la segmentación bancaria post-30 y proponen medidas gubernamentales para evaluar a las calificadoras de riesgo o controlar el movimiento financiero global. Pero la desregulación no fue un capricho. Se generalizó para recomponer la ganancia y volverá a imperar si afecta agudamente a esa variable. Bajo el capitalismo los controles están articulados en torno a la rentabilidad y se refuerzan o debilitan en función del lucro. Las fantasías reguladoras se inspiran en la presentación de los banqueros como únicos responsables de la crisis. Se supone que actúan al margen de sus colegas de la industria o el agro y que desarrollan un afán especulativo tan perverso como peculiar. Pero apostar a la ganancia rápida en el negocio financiero es un rasgo intrínseco del capitalismo. Proviene de la compulsión competitiva que rige a un sistema caracterizado ciegas rivalidades y periódicas burbujas. Los efectos de estos remolinos permanecen ocultos durante la prosperidad y saltan a la vista en las crisis. Lo novedoso del período actual ha sido el alcance y sofisticación de la acción especulativa. Se introdujeron insólitas formas de empaquetamiento y comercialización de las deudas y en maniobras con papeles derivados, cuya cotización se establece en función de otro activo. También se expandieron la titularización (descarga de carteras mediante la emisión de títulos adquiridos por otros inversores), los CDS (desligar el riesgo crediticio para negociarlo por separado) y los CDO (fragmentar cada tramo de los préstamos en diferente grado de riesgo). Este tipo de operaciones se ampliaron desde el 2001 a un ritmo frenético especialmente entre los bancos de inversión, cuyo apalancamiento (relación entre activos-patrimonio y crédito) alcanzó pavorosas magnitudes. La vieja relación de 1 a 8 entre capital propio y prestado fue ampliada a 25 o 30 veces. La propia dinámica del capitalismo incentivó estas acciones y lo ocurrido en Wall Street ofrece una lección acelerada de este sistema, en su trama de complicidades (Paulson comandando la FED con el auspicio de Goldman Sachs) y contradicciones (Bush nacionalizando bancos). UNA PECULIAR CRISIS DE SOBREACUMULACIÓN En oposición a las simplificaciones heterodoxas resulta conveniente retomar las interpretaciones marxistas, que explican la crisis por las contradicciones intrínsecas del capitalismo. Estos desequilibrios irrumpen periódicamente y no podrán eliminarse, mientras subsista un régimen gobernado por la supremacía del beneficio. ¿Pero cuáles son las singularidades de la crisis actual? La conmoción en curso obedece a varias causas específicas. Expresa, en primer lugar, las tensiones creadas por los capitales sobre-acumulados en los bancos, al cabo de un largo proceso de expansión ficticia de fondos, carentes de contrapartida real en la esfera productiva. Esta atrofia se gestó durante años de apalancamientos y derivados y es un resultado del poder que lograron los financistas. Pero el ascenso de esta elite bancaria a la cúspide del capitalismo apuntaló el proyecto regresivo compartido por todos los opresores. Permitió instaurar la disciplina social que exigían los dominadores, mediante la gestión accionaria de la empresa, la presión por maximizar rentabilidades de corto plazo y el imperio de la Bolsa. Estas transformaciones se implantaron con la explícita finalidad de recomponer las ganancias a costa de los ingresos populares. La supremacía financiera fue un instrumento de la flexibilización laboral y apuntó a garantizar el aumento de la explotación. Esta hegemonía financiera introdujo la bomba de tiempo que estalló en WallStrett. La expansión de las “finanzas personales” convirtió al trabajador en un cliente agobiado por deudas. Los asalariados norteamericanos quedaron aprisionados en una red de compromisos con los bancos para costear sus gastos de vivienda, educación, salud y jubilación. Este castillo comenzó a desmoronarse desde que irrumpió la insolvencia. La imposibilidad de pagar los créditos sub-prime -otorgados a quiénes carecían de ingresos regulares o suficientes para adquirir viviendas- fue el detonante del actual derrumbe. Esta crisis de sobre-acumulación fue pospuesta con refinanciaciones y una montaña de títulos sobre títulos, que ofrecían altos rendimientos. La madeja de emisiones se tornó tan compleja que borró la huella de los propios préstamos, en medio de la generalizada ignorancia crediticia. Ni siquiera los banqueros conocen los contratos en danza, ya que al abandonar las estimaciones tradicionales de riesgo perdieron contacto con sus clientes. Un desplome actual era inexorable frente a semejante valorización ficticia. Lo que nadie imaginó es la terrorífica envergadura que asume el crack, a pesar de las numerosas advertencias que presagiaron el desenlace. Todos los colapsos que sacudieron desde los años 80 a las finanzas latinoamericanas, europeas, japonesas y asiáticas fueron advertencias del vendaval que se preparaba en Wall Street. La señal más explícita fue la quiebra del gran Fondo LTCM en 1998, que operaba con los mismos derivados que han carcomido al sistema financiero norteamericano. Como la apetencia por ganancia no repara en alertas, la crisis de sobre-acumulación finalmente ha llegado al centro del sistema. SOBREPRODUCCIÓN NACIONAL Y GLOBAL Es importante indagar las contradicciones productivas que subyacen bajo el colapso bancario para evitar la fantasmagoría financiera. Esos desequilibrios obedecen a un ciclo de sobreproducción, resultante del periódico desfasaje entre expansión creciente de la producción y restricciones al poder de compra, que caracteriza al capitalismo. La competencia por incrementar la tasa de explotación potenció esta brecha de excedentes. La sobreproducción ha irrumpido abiertamente en el sector de las viviendas, que gravitó en el crecimiento general de la última década. Al compás de los préstamos de alto riesgo y del encarecimiento de los inmuebles se generó el actual exceso de unidades en relación a la demanda solvente. Ciertamente la especulación financiera extremó esta tendencia, pero las burbujas significativas se montan sobre las mercancías más apetecidas de cada momento. La valorización de estos activos despierta una expectativa de lucro creciente, que se desmorona con el cambio de tendencias. La recesión pondrá en evidencia este mismo mecanismo en otros bienes inflados. La sobreproducción actual presenta, además, una gran dimensión internacional, derivada de la competencia neoliberal por bajar salarios. Este esquema incentivó la apertura de fronteras para corporaciones que rivalizaron por multiplicar la producción, en una carrera de bajar de costos que desemboca en plétora de mercancías. Estos sobrantes han sido especialmente alimentados por el polo asiático de fabricación, a través de exportaciones que inundan a mundo favoreciendo la depreciación general. Desde el temblor de Corea del Sur y Tailandia (1997) esta tendencia deflacionaria afecta a numerosos bienes industriales.La sobreproducción es también un resultado de la internacionalización productiva que incentivaron las empresas transnacionales. La aplicación industrial de la microelectrónica y el abaratamiento del transporte y las comunicaciones contribuyeron a multiplicar los excedentes. En la anárquica competencia por reducir costos, ninguna firma tomó en cuenta quién adquiría los nuevos bienes. La batalla por fabricar barato ha desembocado en un desborde de almacenes. Este resultado obedece a estrecho poder de compra que perdura en la periferia y a la inestabilidad del consumo inflado con endeudamiento, que la flexibilización laboral impuso en los países centrales. Estados Unidos es un epicentro extremo de este artificio comprador, asentado en la ampliación del horario laboral y la extensión del trabajo a todos los miembros de la familia. Mientras la clase capitalista mantuvo el optimismo -que desde los años 80 suscitó la recuperación de la tasa de ganancia- estas tensiones permanecieron en segundo plano. Pero el escenario de mercancías excedentes ha salido a la flote, fijando un límite categórico a consumo norteamericano provisto por Asia y financiado por todo el mundo. SUB-PRODUCCIÓN DE MATERIAS PRIMAS Un tercer pilar de la crisis actual ha sido el encarecimiento de las materias primas. La escala del precio del petróleo (que saltó en pocos años de 10 a 120 dólares) afectó a las economías centrales y el repunte de los productos básicos (que en promedio treparon un 114% desde 2002) sacudió a la economía global. Este ascenso revirtió una declinación precedente que se arrastraba desde 1997, pero desbordó la media de estas reacciones cíclicas, tanto en duración como en intensidad alcista. El aumento de las materias primas refleja la escasa inversión en distintas áreas de reproducción de los recursos naturales. Pero fue potenciada por la acción especulativa de los financistas, que buscaron refugio en el petróleo y los alimentos frente a las potenciales pérdidas de otros negocios. Los banqueros introdujeron en el mercado de las materias primas toda la ingeniería de los derivados de Wall Street, hasta convertir la compra de combustible o trigo en una operación de alta sofisticación matemática. Pero en el repunte de las materias primas también ha influido un proceso estructural de devastación del medio ambiente, al cabo de varias décadas de competencia capitalista por el control de los abastecimientos básicos. Esta combinación de tendencias coyunturales, estructurales e históricas generó una presión inflacionaria en los productos primarios, que muchos especialistas estiman más perdurable en los combustibles (pocos descubrimientos, encarecimiento de la extracción y conflictos en las zonas productoras), que en los alimentos. El ciclo alcista confirma que los precios relativos de las materias primas no están sujetos a un deterioro sistemático y secular. Sufren periódicos vaivenes y su encarecimiento adopta bruscas modalidades, debido a la menor sensibilidad que tienen estas mercancías ante al aumento de la productividad en comparación a los productos industriales. La inminente recesión global pondrá un techo a la inflación de las materias primas. Pero habrá que ver si esa caída retrotrae las cotizaciones al piso del ciclo anterior. H asta ahora se verifican indicios a la baja pero no al desplome. En la crisis actual confluyen por lo tanto tres procesos: sub-producción de materias primas, sobre-acumulación financiera y sobreproducción industrial. Este empalme presenta puntos de contacto con lo ocurrido en 1975-76 y tendrá un impacto regional muy desigual. PERIFERIA Y SEMIPERIFERIA Los países periféricos han sido las principales víctimas de la etapa neoliberal y son candidatos a sufrir los peores efectos de la crisis actual. Padecieron los efectos degradantes de la polarización mundial que signó a los años 80 y 90. Ciertas regiones como África quedaron arrasadas por el endeudamiento externo, la liberalización comercial y la fuga de capitales y enfrentan una tragedia de emigración, refugiados y muertos por guerras locales. Otro ejemplo de este impacto es el reciente el brote de hambruna. Como consecuencia de la especulación financiera, la desregulación comercial y la especialización forzada en cultivos comerciales de exportación, el encarecimiento de los alimentos amenaza la subsistencia de 1.300 millones de individuos. Si durante la prosperidad consumista de Estados Unidos las economías esquilmadas del planeta sufrieron un masivo drenaje de recursos, la inminente recesión anticipa mayores sufrimientos. Los países del Tercer Mundo que expulsan a sus desesperados pobladores deberán afrontar nuevas restricciones financieras y mayores adversidades comerciales. El panorama es más contradictorio en la semiperiferia. Un estrato intermedio de países no centrales -con clases dominantes autónomas y juegos propios en el mercado mundial- acotó en los últimos años el alcance de la polarización global. Este grupo de economías se concentra especialmente en China, India, Rusia, Sudáfrica y Brasil. Los capitalistas de estas naciones han lucrado con el encarecimiento de las materias primas y gestaron una actividad industrial propia, en asociación con las empresas trasnacionales. Incluso han forjado “multinacionales emergentes” que operan a escala global.También el cambio del ciclo financiero redujo la carga del endeudamiento externo en varios países medianos. El crecimiento con desigualdad social generó ganancias suficientes para cancelar préstamos externos y por esta razón irrumpieron los fondos soberanos de Asia (o el mundo árabe). La crisis en curso puede prolongar este ascenso semiperiférico, como ocurrió en 1975-82 durante el período de petrodólares, encarecimiento de las materias y derrota norteamericana en Vietnam. Este proceso podría incluso consolidarse, si aparecen formas de crecimiento semejantes a las observadas durante la brecha mundial que sucedió a la crisis del 30. El estancamiento de las economías centrales abrió en esa ocasión un espacio para la industrialización de ciertos países subdesarrollados. Pero la recesión actual también puede precipitar una dinámica opuesta de abrupto corte del avance semiperiférico. En este caso se repetiría lo sucedido en 1982-90, cuándo la ofensiva neoliberal precipitó un desplome de materias primas y una asfixia del endeudamiento, que agobió al grueso del planeta. Es prematuro anticipar cuál de las dos tendencias prevalecerá, o si emergerá alguna combinación de ambas. La fuga de capitales -que ya afecta a Rusia o Brasil- coexiste hasta ahora con la gravitación de los fondos soberanos, que participan del rescate de los bancos norteamericanos y que exigirán alguna retribución por ese auxilio. A diferencia de todas las conmociones financieras de las últimas dos décadas, América Latina es receptora y no generadora de la crisis actual. Pero la desigual dependencia que mantiene cada país con Estados Unidos determina un efecto diferente de la recesión en curso. Mientras que México y Centroamérica se encuentran muy atados a ese epicentro, el Cono Sur mantiene un mayor grado de autonomía. También la transmisión financiera del temblor es despareja entre economías desigualmente atadas a la refinanciación externa. La periferia y semiperiferia interiores de esta región han seguido rumbos divergentes. Pero en lo inmediato se acentuarán las dificultades de intervención del imperialismo norteamericano en su patio trasero. Esta limitación refuerza el margen para implementar políticas económicas de ruptura con los acreedores y nacionalización de los recursos naturales. Estas orientaciones podrían reducir la desigualdad social y beneficiar a las mayorías populares, si se implementan en oposición a las clases dominantes locales. EL SOCIALISMO EN LA MIRA La crisis en curso se dirimirá en plano político. Discutir el alcance de este desplome en términos exclusivamente económicos impide captar lo que está en juego entre las fuerzas en pugna. Sin resaltar la naturaleza capitalista del tsunami financiero no se pueden buscar remedios efectivos para sus consecuencias. La lucha contra el régimen social que origina estas desgracias es la única vía para impedir que los sufrimientos recaigan sobre la mayoría popular. En la batalla por esclarecer el carácter capitalista de la crisis no tiene sentido competir con la prensa en la previsión de mayores colapsos. El pavor que desatan los medios tiende a suscitar más parálisis que indignación. En lugar de presagiar escenarios tenebrosos conviene trabajar en propuestas que abran alternativas populares. Esta actitud se ubica en las antípodas del conformismo o la resignada creencia en la perdurabilidad eterna del capitalismo. Es falso suponer que este sistema saldrá adelante, cualquiera sea la tragedia que imponga al conjunto de la sociedad. Es tan fatalista imaginar la inmutabilidad del capitalismo, como prescindir de acciones y estrategias socialistas para su erradicación. Algunos pensadores de izquierda aceptan formalmente estas premisas, pero argumentan que no es el momento para trabajar en una dirección anticapitalista. Justifican esta actitud en la “ausencia de condiciones favorables” o en el “impacto de las viejas derrotas”. Pero esta postura bloquea cualquier aproximación a las transformaciones políticas e ideológicas en curso. El socialismo no es un himno para las efemérides, ni un sueño de nostálgicos. Es un proyecto para implantar en los momentos críticos y para difundir con vigor, cuando el capitalismo exhibe su rostro más nefasto. La nueva coyuntura se palpa en el abrupto cambio de lenguaje de la prensa. Por desesperación o desconcierto los grandes medios ya no elogian al capitalismo. Con susto y estupor ironizan sobre el “socialismo para ricos” que acompaña al salvataje de los banqueros. Desconocen que el socialismo genuino es la antitesis de ese rescate, al socorrer a los desamparados y penalizar a los acaudalados. En el comienzo de un gran viraje político este sencillo mensaje puede recobrar su vieja popularidad. 4-10-08 BIBLIOGRAFIA -Brenner Robert, “Una crisis devastadora”, Against the Current, n 132, enero-febrero 2008-02-06 -Bryan Dick, “The inventiveness of capital”, 13 Jul 2008, www.workersliberty.org -Caputo Leiva Orlando. “La economía mundial: la crisis inmobiliaria de Estados Unidos”. Seminario Taller del Ministerio del Poder Popular para la Planificación y el Desarrollo con Economistas Internacionales. Caracas, 27 al 31 de marzo de 2008. -Chesnais Francois, “Alcance y rumbo de la crisis financiera”, 25-1-08, www.vientosur.info/documentos -Dumenil Gerard. “Algunas verdades sobre la crisis financiera”. Realidad Económica n 225, enero-febrero 2007. - Evans Trevor, Marxists on the capitalist, 4 Jul 2008, www.workersliberty.org -Galbraith James. “Estados Unidos se perfila hacia una crisis social”. El Economista n 51, La Habana, noviembre de 2007 -Geier Joel, “Un modéle economique en decomposition”, Inprecor 536-537, mars abril 2008. -Harman Chris. “Las convulsiones del mercado y la crisis económica, www.enlucha.org 17 Mar 2008. -Husson Michel. “La hausse tendencielle du taux d´explotation”, Inprecor, Janvier 2008. -Klare Michael. “Mauvaises nouvelles a la pompe”, Inprecor 536-537, mars abril 2008. -Lapavitsas Costas, “A new sort of financial crisis”, 14 Apr 2008, www.workersliberty.org - McNally David, “Assessing the Current Financial Crisis”, New Socialist, 2008. -Mohun Simon, “An era of rampant inequality”, 21 Apr 2008, www.workersliberty.org -Moseley Fred, “The Long Trends of Profit”, 19 Mar 2008, /www.workersliberty.org -Panitch Leo, “The Crisis Depends on the Fightback”, 23 Apr 2008, www.workersliberty.org -Toussaint Eric. “Nueva crisis internacional” Seminario Taller del Ministerio del Poder Popular para la Planificación y el Desarrollo con Economistas Internacionales. Caracas, 27 al 31 de marzo de 2008. -Udry Charles André. “Una crisis del capitalismo de nuestro tiempo” 22 de febrero de 2008, argentina.indymedia.org .-Ugarteche Oscar. “La crisis estadounidense empeora”. ALAI-amalatina, 2008.

MICHAEL MOORE OPINA ¿SE ACABÓ EL NEOLIBERALISMO?

"Amigos. Déjenme ir al grano. Mientras ustedes leen estas líneas se está llevando a cabo el robo más grande en la historia de este país. Aunque no se están empleando armas, 300 millones de personas fueron tomadas como rehenes. No nos equivoquemos: después de cinco años de robarse medio trillón de dólares para llenar los bolsillos de sus aliados que se enriquecen con la guerra, después de forrar con dinero a los magnates petroleros con 100 mil millones de dólares en los pasados dos años, Bush y sus secuaces que pronto dejarán vacante la Casa Blanca están saqueando todos los dólares que se encuentran del Tesoro de Estados Unidos. Están barriendo con todos los cubiertos de plata que pueden mientras caminan rumbo a la puerta de salida.No importa lo que digan, no importa cuántas palabras empleen para asustarlos; están recurriendo a las viejas triquiñuelas para fomentar el miedo y la confusión para mantenerse a sí mismos y a uno por ciento de la población asquerosamente rica. Sólo basta leer los primeros cuatro párrafosdel reportaje principal del New York Times del pasado lunes para conocer de qué se trata todo este asunto:"Aunque los legisladores trabajaron en los detalles del rescate de la industria financiera por 700 mil millones de dólares, Wall Street volvió a buscar la manera de lucrar con el plan."Las firmas financieras cabildearon para lograr la cobertura de todas las formas de inversiones problemáticas, no sólo las relacionadas con las hipotecas."Al mismo tiempo, las firmas de inversión maniobraron para supervisar todos los activos que el Tesoro planea eliminar de los registros de las instituciones financieras, una actividad que podría generarles cientos de millones de dólares al año en honorarios. Nadie quiere ser excluido de la propuesta del Tesoro para la compra de los activos de mala calidad."Increíble. Wall Street y sus partidarios fueron los artífices de este desorden y ahora pretenden limpiarlo como viles bandidos. Hasta Rudy Giuliani está haciendo cabildeo con su consultoría para ser contratado (recibir sueldo) y brindar asesoría en el rescate.El problema es que nadie sabe en verdad a qué se debe este "colapso". Aun el secretario del Tesoro, Paulson, admitió ignorar la cantidad exacta que se requiere (¡se le ocurrió de la nada la cifra de 700 mil millones!) El director de la oficina de presupuestos del Congreso afirma que no podíaentenderlo ni explicarlo.No obstante, dicen histéricos que ¡el final está cerca! ¡Pánico! ¡Recesión!¡La Gran Depresión! ¡Y2K! ¡La gripe aviar! ¡Abejas asesinas! ¡Debemos aprobar la ley del rescate hoy mismo! ¡El cielo se está cayendo! ¡El cielo se está cayendo!¿Cayéndosele a quién? No hay NADA en este paquete de "rescate" que baje el precio de la gasolina que debemos cargar en nuestros vehículos para ir al trabajo. NADA en esta iniciativa nos protegerá de perder nuestro hogar. NADA en esta iniciativa nos dará un seguro médico.¿Seguro médico? Mike, ¿por qué hablas sobre ese tema? ¿Qué tiene que ver con el colapso de Wall Street? Tiene mucho que ver. El supuesto "colapso" fue desencadenado por la moratoria y la pérdida de hogares de la gente con deudas hipotecarias. ¿Saben por qué tantos estadunidenses están perdiendo sus hogares? Los republicanos explicarían que se debe a que muchos idiotasde la clase trabajadora recibieron hipotecas que en realidad no podían pagar. Pero la verdad es ésta: la razón número uno por la cual la gente se declara en bancarrota es por el costo de sus cuentas médicas. Déjenme ponerlo de forma más simple: si tuviéramos un sistema universal de salud,esta crisis hipotecaria jamás habría sucedido.El objetivo de este rescate es proteger la obscena acumulación de riqueza que ha sido amasada en los ocho años anteriores. Es para proteger a los accionistas que poseen y controlan a las corporaciones en Estados Unidos. Es para asegurarse que sus yates y mansiones y su "forma de vida" no sean interrumpidos mientras el resto de los estadunidenses sufren y luchan para pagar las cuentas. Dejemos que los ricos sufran al menos una vez. Que paguen el costo del rescate. Estamos gastando 400 millones de dólares al día en la guerra de Irak. ¡Que acaben de una vez con la guerra y nos ahorraremos otro medio trillón de dólares!Están protagonizando un golpe de Estado financiero en contra de nuestro país.Esperan que el Congreso actúe rápido para evitar que piensen, antes de que tengamos la oportunidad de detenerlos. Así que dejen de leer esto y hagan algo ¡YA! Pueden poner manos a la obra de manera inmediata: 1. Llamen o envíen un correo al senador Barack Obama. Díganle que no necesita sentarse a ayudar a Bush y a Cheney y todo el desastre que han provocado. Díganle quetiene la inteligencia para detener el ritmo de los acontecimientos y encontrar cuál es el mejor camino a escoger. (…)". Ejemplo a seguir ¿o no?

domingo, 3 de agosto de 2008

¿Economía de revolución?

Por: Leonardo Boff (*)

En las negociaciones de la ronda de Doha sobre comercio internacional se ha notado algo cruel. Mientras los países ricos se negaban a disminuir los subsidios agrícolas y a modificar otros renglones de la agenda comercial para preservar su alto nivel de consumo, otros luchaban, desesperadamente, para garantizar la supervivencia de sus pueblos. La visión de los países opulentos es miope, pues ya está instalada la crisis alimentaria, posiblemente de larga duración, que puede afectarlos a ellos, pero mucho más a millones y millones de personas, que se enfrentan no a la pobreza sino directamente a la muerte.
Ya han estallado revueltas de hambrientos en cuarenta países sin que la prensa empresarial, comprometida con el orden imperante, haya hecho referencia alguna. Los hambrientos siempre dan miedo.La crisis alimentaria, asociada a los trastornos provenientes de los cambios climáticos, es de tal envergadura que nos está permitido hablar de la urgencia de una revolución.
Ésta fue la palabra usada el día 2 de febrero de 2007 en París por el ex-presidente francés Chirac al oír los resultados alarmantes sobre el calentamiento planetario. Advertía que, ante la situación actual, debemos tomar la palabra revolución en su sentido más literal. Es urgente hacer cambios radicales en las formas de producción y de consumo si queremos salvarnos y preservar la vida en nuestro Planeta.
Esta vez no podemos hacer economía de revolución. Hay que llevarla a cabo ya ahora.
Evidentemente no se trata de revolución en el sentido de utilizar la violencia, sino con el sentido que le dio nuestro historiador Caio PradoJunior: «transformaciones capaces de estructurar la vida de todo un sistema social de manera que se corresponda con las necesidades más profundas y generales de sus poblaciones, algo que confiere un nuevo rumbo a las vidas humanas».
Pues eso es lo que se está imponiendo a nivel mundial. La Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la mayoría de los gobiernos han implantado un tipo de industrialización de la agricultura con la liberalización de los mercados que se rigen por la competición y por la especulación, que han acabado por afectar a la soberanía alimentaria de la mayoría de los países del mundo. Es una ilusión pensar que los que han producido la crisis, tienen la llave de su solución.
Ellos proponen más de lo mismo:más producción, más fertilizantes, más productos genéticamente modificados, más mercado no para saciar el hambre sino para hacer más dinero. Ninguno piensa en colocar más dinero en las manos de los hambrientos para que puedan comprar comida y sobrevivir. Pueden morir de hambre delante de una mesa repleta a la cual no tienen acceso.La solución se encuentra en las manos de aquellos que en el mundo entero garantizan gran parte del suministro alimentario: la agricultura familiar y las pequeñas cooperativas populares.
La agricultura familiar en Brasil representa el 70% de los alimentos que llegan a la mesa. Es responsable del 67% del fríjol, del 89% de la mandioca, del 70% de los pollos, del 60% de los cerdos, del 56% de los lácteos, del 69% de la lechuga y del 75% de la cebolla. Estos pequeños agricultores, articulados entre sí y también a nivel internacional, deben formular las políticas de producción, privilegiar los mercados locales y regionales, y mantener bajo vigilancia los mercados mundiales, para inhibir la especulación e impedir la formación de oligopolios.Este tipo de agricultura aprovecha los conocimientos ancestrales, sabe preservar los suelos y enriquecer su fertilidad con nutrientes naturales. Brasil, al lado del agronegocio, tiene que privilegiar la agricultura familiar, pues ella tiene condiciones para garantizar nuestra soberanía alimentaria y ser la mesa puesta para el hambre del mundo entero.

(*) Leonardo Boff es teólogo.
Fuente: www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=287

viernes, 6 de junio de 2008

Algunos efectos psicosociales de la crisis económica global

Mariano González
Rebelión

La actual crisis económica produce y producirá una serie de efectos en diversos ámbitos de la acción humana. Y aunque ya se han hecho varios análisis de las causas y de lo que puede provocar a nivel económico y político, existe el vacío en la discusión sobre los efectos psicosociales que la crisis conlleva. Para hablar de estos efectos, sin embargo, es necesario un pequeño rodeo conceptual.

Los seres humanos son sujetos profundamente sociales. Están configurados por el tipo de relaciones que mantienen con los demás, con el contexto y con la actividad que realizan. Incluso nuestro sentido de identidad más íntimo ha sido, paradójicamente, construido desde nuestras relaciones con el exterior. En este caso, por las relaciones que se establecen con nuestras figuras parentales. La misma subjetividad y el deseo se organizan en función de la historia personal y de las relaciones sociales en las cuales el sujeto está inserto. De esa cuenta, las personas y los colectivos también participan de determinada configuración psicológica posibilitada y creada a partir de las condiciones del contexto en el que se encuentran.

La subjetividad y la acción personal y colectiva se deben relacionar con la organización económica que existe en un determinado tipo de sociedad y también en relación a la posición que los sujetos ocupan dentro de la estructura económica. Se debe señalar que el conjunto de instituciones económicas, la forma en que se organizan los procesos de trabajo, producción y consumo afectan directamente lo que las personas hacen, piensan y sienten. Esto no quiere decir que sea una afección mecánica. Hay muchas complejidades que participan en la configuración de los sujetos. La misma actividad que desarrollan y los recursos sociales y simbólicos con los que cuenten son factores que se deben tomar en cuenta a la hora de comprender los efectos del contexto sobre las personas.

Se pueden señalar algunos ejemplos generales. El ritmo frenético de producción y consumo produce efectos subjetivos. Uno de los efectos más visibles de la relación que se establece en los requerimientos del modo de producción y las personas se expresa en una compulsión de consumo. Las cosas se desean todas y ya. Lo más nuevo se equipara con lo mejor y se tiene que conseguir y poseer. Esta modalidad subjetiva es un efecto del sistema económico, pero también un refuerzo al mismo sistema económico. Al fenómeno del “acortamiento de la vida media de los productos” le corresponde la configuración de un sujeto que desea cambiar los productos de forma cada vez más acelerada, compulsiva 1 . La tarjeta de crédito también es símbolo de este consumo compulsivo. El deseo corre parejo con este ritmo. Toda la organización social promueve un determinado tipo de ser humano que corresponda a las necesidades del sistema. Si el sistema es el sistema capitalista, entonces se promoverá con todo tipo de recursos un sujeto capitalista, que funcione adecuadamente en el marco de esta sociedad 2 .

Uno de las mejores expresiones que he escuchado respecto a las relaciones economía y subjetividad lo refirió el analista social chileno Helio Gallardo. Un niño pobre, rural, cuando mira un objeto que desea dice “quiero esto”; cuando un niño de clase media para arriba, urbano, observa un objeto que desea exclama: “cómprame esto”. No es tan solo una diferencia semántica. Expresa dos formas de organización del deseo, dos formas de organizar el mismo desear humano.
No es exactamente que la primera sea más ingenua y más “natural”. Pero seguramente la segunda expresa una forma de organización del deseo que corresponde a una forma particular de producción y consumo. Para no extenderse demasiado: el capitalismo necesita crear sujetos que puedan responder a una forma precisa de disciplinamiento en cuanto al trabajo y el consumo.

Teniendo este marco se puede comprender que una crisis económica, en cuanto que tiene efectos en la vida concreta y material de las personas, supone también una serie de efectos psicosociales. El desempleo, el descenso en el nivel de vida y en el nivel de consumo, dificultades para satisfacer las necesidades más elementales, etc., implicarán una serie de reacciones en el ámbito de la subjetividad y en la acción personal y colectiva. Es claro que los efectos serán distintos de acuerdo al grado en que la crisis afecte a un país determinado, el tipo de organización económica de cada país y la posición que las personas y grupos ocupen dentro del seno de las sociedades. Pero pueden considerarse algunos puntos generales.

En concreto, una crisis económica generará un creciente malestar subjetivo en la medida en que se vivirá como una amenaza al nivel de vida y consumo o a las mismas posibilidades de sobrevivencia. Una crisis económica genera sentimientos de malestar, preocupación, temor, desconcierto. Es posible que buena parte de las personas no sepan exactamente qué es lo que viene a raíz de la crisis económica, pero sí sienten en el bolsillo y en el estómago lo que está pasando. En términos estrictamente psicológicos habrá más frustración, tensión, descontento. A nivel individual la reacción depende de una serie de factores. La pérdida de status, nivel de vida o las mismas posibilidades de vivir puede generar una serie de reacciones, incluso equiparables a las de la pérdida de un objeto querido 3 . La escasez de recursos genera tensión y malestar en tanto que no es posible satisfacer las diversas necesidades.

Una posible respuesta de cada actor económico a esta situación será la de reorganizar el consumo de forma racional. Es decir, para aquellos que puedan realizar tal reorganización y que de todos modos será insuficiente en muchos casos, puesto que las respuestas individuales tienen un límite. El límite que colocan las necesidades del cuerpo viviente y de la propia dignidad.

La crisis golpeará distinto si se tiene una posición económica privilegiada o si apenas se tiene para dar de comer. Particularmente, las personas que viven en condiciones de pobreza y extrema pobreza se pueden encontrar en una situación desesperada. Están situadas en un “permanente estado de excepción”, que si cabe, se agravará. ¿Qué pueden sentir las madres y los padres que no pueden darles de comer a sus hijos? Algún cínico podrá responder que “hambre siempre ha habido” en la historia de la humanidad. Lo novedoso es que hay una producción de alimentos que es suficiente para cubrir las necesidades de la humanidad, pero la distribución de la riqueza, la injusta distribución de la riqueza hace que esto no sea posible.

A un nivel mayor, la crisis creará un buen caldo de cultivo para el descontento y para que se produzcan manifestaciones, protestas y brotes de violencia. Lo cual es perfectamente comprensible. Además, ya se está viendo en diversas partes del mundo que han habido protestas frente al aumento del precio de los alimentos. La profundidad de la crisis hace posible pensar que las protestas también durarán buen tiempo y como ya se ha visto en otras ocasiones, se puede generar un clima de inestabilidad en los países más pobres y más golpeados. La historia demuestra ejemplos de gobiernos que han sido tumbados debido a los efectos de crisis económicas (aunque por supuesto, esto no es sino una posibilidad que depende de muchos otros factores).

Desorganizada muchas veces, organizada en otras, la indignación popular puede expresarse en estallidos sordos de cólera y en protestas más sostenidas y planificadas. Es necesario recordar que las personas están siendo amenazadas en su propia subsistencia y toda la ira y la desesperanza se puede canalizar a través de formas violentas de reivindicar la corporalidad sufriente.

En países que no sean tan golpeados por la crisis, pero en los que se sientan sus efectos, una de las reacciones posibles es que se pierda cierta confianza en el sistema y el optimismo que un desarrollo más o menos sostenido provoca, se vea disminuido. Se genera incertidumbre, no se sabe qué pasará, aunque usualmente se tenga cierta sensación de desesperanza y desaliento. Se buscan chivos expiatorios y se pueden tomar diversas medidas para “paliar” la crisis. Sentimientos xenofóbicos ya presentes pueden salir reforzados, entre otras posibilidades.

No obstante la realidad dura de la crisis, existirán sectores y personas que puedan negar maniacamente la crisis, y actúen también en función de esta negación, haciendo como si no existiera hasta que se les dejen venir todos los efectos. Un grupo que está especialmente impreparado para comprender la naturaleza de la crisis es el de los neoliberales. Para ellos, siempre existirán salidas para seguir en la loca carrera por acumular capital. Ya se encontrarán nuevas reservas de petróleo o nuevas fuentes de energía. Ante la crisis de mercado lo que proponen es más mercado. El problema es que buena parte de los actores económicos fuertes (incluyendo gobiernos), pueden pensar en clave neoliberal y querer continuar “ajustando” las políticas neoliberales, no sustituyéndolas por otras alternativas. Seguir hacia el suicidio colectivo les parecerá la opción más “natural”.

Sin embargo, quisiera proponer que dentro de todo el sufrimiento y dolor humano que se producirá a partir de la crisis y de los costos que son transmitidos precisamente a los que menos tienen, se pueden obtener varias oportunidades. Oportunidades que no son, por supuesto, las que se plantean desde la especulación financiera.

Pese al panorama tan difícil que se puede esperar, esta crisis a nivel global podría servir para replantearnos frente a nuestro modo irracional y suicida de producción y consumo. La crisis ambiental y la crisis de relaciones sociales que actualmente se profundizan a partir de la crisis económica internacional, debe considerarse como una oportunidad para buscar propuestas de una racionalidad económica distinta 4 .

La crisis que se deriva del funcionamiento “normal” del modelo económico debería ayudar a replantear el ritmo de producción y consumo, así como a promover una actitud distinta respecto a esa producción y consumo. Una actitud más humana, en la que la actividad económica se centre en los seres humanos (trabajo) y no se centre en el capital. En otras palabras, que tome en cuenta como criterio de evaluación de la actividad económica la reproducción de la vida de los sujetos y no únicamente criterios formales como la maximización de las ganancias y la racionalidad costo-beneficio. Es bien claro que este cambio de orientación no se va a lograr fácilmente. De hecho se ve que ante la crisis, una de las reacciones de los apologistas de la globalización neoliberal es la ya mencionada negación maniaca de la crisis y considerar que esta es pasajera, que ya se encontrarán soluciones y que lo que se necesita es “creatividad” para resolverla5.

Paralelamente, la crisis hace evidente la necesidad de considerar de otra forma la relación con nuestro prójimo. De la actitud individualista, insolidaria y egoísta que niega al otro de múltiples formas, se debe pasar a una actitud más solidaria, que respete y se haga responsable por el otro. La compulsión del consumo y la búsqueda desenfrenada de ganancia debe dar paso a un modelo humano y económico más solidario, menos egoísta. Esta es una oportunidad que puede dar esta crisis. Hay que aprender de los valores de las clases populares, donde el intercambio y la solidaridad son formas más comunes de interacción cotidiana y de afrontar las crisis. Asumir la necesaria transformación de las relaciones que establecemos con los otros y con el medio, dando contenido y siendo consecuente con la frase que recoge Hinkelammert: “Yo soy si tú eres”.

Lo que la crisis revela es la fragilidad de las certezas y optimismos respecto a que el modelo de producción y consumo, el modelo económico de la globalización neoliberal, sea como una turbina permanentemente alimentada y que estará creciendo y acelerando continuamente. Y más allá, se revelan las limitaciones y miserias de un mismo modelo antropológico que responde al sistema económico.

En términos económicos, ecológicos, políticos y humanos, el modelo económico es insostenible. Ojalá que la crisis sea la oportunidad para comprender esta situación y actuar en consecuencia.

-o-
Mariano González, psicólogo, es docente de la Escuela de Psicología de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
1 Un ejemplo paradigmático de este acortamiento se observa en los equipos de cómputo. Su vida media se reduce rápidamente debido a que se desactualizan y aparecen modelos siempre mejores a cada momento…lo que trae el deseo y la conducta de compra compulsiva.
2 Es claro que no todas las personas y los grupos llegan a configurarse de tal manera. La configuración que se produce en una sociedad del capitalismo central no es la misma que se consigue en una sociedad dependiente, y al seno de cada una de estas sociedades, los distintos grupos mantienen relaciones contradictorias y de resistencia frente a un cierto tipo de construcción subjetiva. Lo importante es que el sistema sí tiene efectos sobre las personas y, en términos generales, produce efectos muy consistentes.
3 Si la vida se centra en el afán de lucro, de acumular y tener, se puede preguntar junto a Erich Fromm: “si soy lo que tengo y lo que tengo se pierde, entonces ¿quién soy?”. Si el dios al que se adora es el capital, entonces cada crisis económica y cada amenaza de empobrecimiento se vivirá como una auténtica pérdida y se dará el consiguiente proceso de duelo. Otra cosa muy distinta es que las personas que viven en el límite de la pobreza se sientan amenazadas y ofendidas por no poder llenar las necesidades vitales.
4 Existen propuestas de pensar modelos económicos distintos frente a la irracionalidad suicida del capitalismo salvaje y la globalización neoliberal. Una de ellas está representado por el pensamiento de Franz Hinkelammert. Se puede recomendar especialmente, Hinkelammert, F. (2003) El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido. EDAF, San José.
5 La destrucción del ambiente que es resultado del modo suicida de producción y consumo, así como una geopolítica imperialista de “guerras contra el terrorismo” quedan invisibilizados y desconectados de esta actitud “optimista” y “creativa”.

miércoles, 28 de mayo de 2008

INFORME SOBRE LA SITUACIÓN DE LOS DERECHOS LABORALES EN EL SALVADOR.

Por: Campaña Regional contra la Flexibilidad Laboral Capítulo El Salvador

El contexto político actual de El Salvador se describe como una democracia en fase de consolidación, llamada por muchos como “democracia de bajo perfil”. La última década del siglo pasado fue crucial para su historia, pues se caracterizó por ser un período de transición democrática, marcado por la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec, que dieron por terminados 12 años de conflicto armado interno, que, a su vez, dio un paso clave en el proceso de pacificación de la sociedad y la transformación de un régimen autoritario y represivo a uno democrático.

Uno de los puntos fundamentales derivados de los Acuerdos de Paz es el fortalecimiento de la institucionalidad democrática, pero este aspecto se encuentra actualmente debilitado, cuando no estancado. En términos institucionales y de poder, este modelo de organización política se ha transformado en un rito, se ha vuelto autómata de la sociedad que lo produjo. Lamentablemente, todavía no se ha cumplido con el objetivo de la fundación democrática. Uno de los problemas más graves de El Salvador es que se está viviendo con resabios del antiguo régimen político que, asociado con la debilidad del Estado, se ha transformado en una crisis de legitimidad institucional[1].

Paralelamente, en esa misma década, también se comenzaron a implementar “proyectos de modernización del Estado y políticas de ajuste estructural”, propiciando así la aplicación de un modelo económico orientado al mercado. De esta forma, los procesos de desregulación económica, liberalización comercial y privatización han sido factores clave que continúan determinando el comportamiento económico y social desde esa época[2].

Para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), a 15 años del cese del conflicto armado, “ha habido adelantos importantes en la mayoría de indicadores económicos y sociales que le han permitido al país ascender más de 10 posiciones en el valor del índice de desarrollo humano (IDH) ubicándose [en 2006] en la posición 101 en la clasificación de 177 países”. No obstante ello, cabe advertir que el país aún se mantiene en “desarrollo humano medio”, con un índice de 0.729; por lo que faltaría avanzar al menos 0.071 puntos para alcanzar un “desarrollo humano alto” (un índice de 0.800), como sucede en otros países latinoamericanos, entre ellos Argentina, Chile, Uruguay, Cuba, México, Costa Rica y Panamá[3]. Pero si se sigue con tal promedio de crecimiento actual[4], tardará más de una década en lograrlo.

Con una simple lectura de la situación actual, se puede sostener que, en El Salvador, cada vez es mayor la cantidad de personas afectadas por la exclusión social. En la sociedad salvadoreña del siglo XXI, es considerable el número de ciudadanas y ciudadanos que ven limitadas sus posibilidades laborales, económicas, políticas y culturales, por ende, que se mantienen al margen de los resultados económicos y sociales de vivir en una “sociedad democrática”.

Por ejemplo, los registros demuestran que un alto porcentaje de la población está sometida a condiciones precarias en la calidad de vida. Si bien es cierto que durante los últimos 15 años se observó una reducción de la pobreza, no lo es menos que el ritmo de su reducción ha venido decayendo, pues “entre 1991 a 1995 la pobreza se redujo en un promedio anual de 3 puntos porcentuales, en el periodo 1996-2000 disminuyó en 1.7 puntos y durante 2001-2005 en 0.7 puntos. Al 2005 la pobreza t[uvo] un leve incremento pasando [a afectar] de un 34.6% (2004) a un 35.2% [de la población]”[5].

En 2005, el 65% de los hogares a nivel nacional tenían al menos una necesidad básica insatisfecha (NBI)[6], el 84.1% de los hogares pobres contaban con al menos una NBI y en los hogares no pobres ese porcentaje era de 55.5%[7]. En ese mismo año, el 42.1% de la población se encontraba bajo la línea de pobreza. Ésta se concentraba en el 36.6% de la población urbana y en el 50.2% de la rural. En el área metropolitana de San Salvador, este porcentaje representaba el 30.2%. Asimismo, el 12.3% de los hogares salvadoreños (206,187 personas) tenían ingresos que no alcanzan a cubrir la canasta básica de alimentos[8].

En otras palabras, y utilizando un enfoque bidimensional o combinado de la pobreza, se reafirma que los datos en El Salvador son alarmantes. En 2005, el 81.2% de los hogares se encontraba en estado de vulnerabilidad, ya que algunos no disponían de ingresos suficientes, tenían insatisfechas necesidades básicas o ambas situaciones a la vez[9]. El 46% de los hogares contaba con carencias estructurales —hogares que poseen ingresos suficientes para un nivel mínimo de consumo, pero que tenían al menos una NBI— y el 33.4% presentaba pobreza crónica —que no tienen nivel de ingresos suficientes y tienen al menos una NBI.

Indiscutiblemente, a esta situación hay que sumar la desigual distribución de la riqueza y la desaceleración del crecimiento económico que afecta al país. Sobre la distribución del ingreso, en 2005, el decil más rico recibió casi 29 veces más que el decil más pobre de la población[10] y el quintil más pobre de la población recibió el 3.8% del ingreso total del país, mientras que el más rico percibió el 54% de los ingresos[11]. También es visible el aumento del índice de Gini[12] que, según el Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) de 2006, llegó a 52.4[13], mientras que el mismo informe de 2003 reportó uno de 50.8[14]. En definitiva, estas cifras confirman la falta de esfuerzos por reducir la desigualdad social, así como la poca eficacia de las políticas económicas orientadas en ese sentido. Por otra parte, algunas variables indican que durante 2005, en promedio, los hombres obtuvieron un 10.98% más que el ingreso promedio de las mujeres[15], es decir, que estas recibieron US$30.43 menos, al percibir un promedio de US$246.56 mensuales. En esa línea, desde la óptica que se analice, puede sostenerse que la sociedad salvadoreña es desigual.

En cuanto al dinamismo del crecimiento económico, desde la mitad de la década pasada, la economía salvadoreña ha mostrado una clara desaceleración. “En el período 2000-2005, el PIB real creció a una tasa promedio anual de 2%. Al descontar el crecimiento demográfico, la tasa de crecimiento del PIB per cápita fue cercana a 0%, con lo cual esta variable sigue estando por debajo de los niveles que registraba en los años setenta. El ingreso nacional disponible per cápita en términos reales, sin embargo, ha superado desde 1999 el nivel que alcanzó en 1978, gracias al aporte de las remesas familiares enviadas por los salvadoreños [y salvadoreñas] residentes en el exterior, principalmente en Estados Unidos”[16].

Si bien el Banco Central de Reserva (BCR) estimó que la economía creció en razón del 4.2% en 2006, no puede obviarse que solo las remesas alcanzaron un monto superior a los US$3,339 millones, equivalentes al 18% del PIB y a más del 300% del gasto público social. Pero el aumento de las remesas no fue suficiente para al menos igualar la tasa promedio de crecimiento económico de 5.3%, estimada por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) para la región, ni la de 5.1%, estimada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para la economía mundial en 2006[17].

En la misma línea, cabe distinguir que este pequeño auge no es determinante como para afirmar tajantemente que la economía salvadoreña ha entrado en una trayectoria sólida de alto crecimiento a largo plazo, pues se deben considerar las debilidades estructurales de su aparato productivo, particularmente en lo que respecta a las potencialidades del sector exportador. Al respecto, Social Watch ha indicado que la causa del incremento en la desaceleración del crecimiento económico en El Salvador se debe a que las acciones gubernamentales para disminuir la pobreza no han logrado su objetivo enfocado en la búsqueda de inversión extranjera para la generación de empleo y el bienestar social. Lejos de ello, la inversión ha sido escasa y de muy mala calidad[18].

El mismo Banco Mundial (BM) sostiene que el mayor desafío para El Salvador sigue siendo el aumento del crecimiento económico, el cual ha sido relativamente bajo desde finales de los años noventa. El bajo crecimiento del PIB, los gastos sustanciales de reconstrucción originados por los terremotos del 2001 y los costos de transición de la reforma de pensiones son factores clave detrás del importante incremento de la deuda pública desde 2001[19].

Al tratar de explicar el lánguido desempeño de la economía salvadoreña, el PNUD ha señalado que una parte responsable es el “entorno internacional adverso (deterioro de los términos de intercambio, debido a la caída de los precios del café y altos precios del petróleo, tendencia alcista de las tasas de interés internacionales, desaceleración de la economía en los Estados Unidos, competencia de China para las exportaciones de baja intensidad tecnológica de El Salvador, principalmente de maquila textil, etc.)”. Sin embargo, puntualizó que esto no ha sido óbice para que otros países de la región hayan crecido más, ni mucho menos una razón válida para que El Salvador se mantenga bajo el promedio de crecimiento económico latinoamericano.

Por su parte, Rubio Fabián (2005) ha advertido que un factor clave en el desnutrido crecimiento económico es la desarticulación territorial de la economía nacional, ya que en el país existe una excesiva concentración territorial de los recursos, así como de las facilidades y oportunidades. Son bastas las regiones que no solo están marginadas y excluidas de las dinámicas económicas nacionales e internacionales, sino que también presentan enormes desequilibrios, entre ellos, acceso a servicios básicos, dotación de infraestructura, inversiones públicas y privadas, empleo e ingresos.

Paralelamente al lento crecimiento de la economía, ha ocurrido una falta de creación de empleo e inversiones[20]. En definitiva, en El Salvador hay una incapacidad real de generar empleos e ingresos, provocando que el mercado laboral salvadoreño se encuentre subsumido en un estado de precariedad.

Entre 1991 y 2005, la tasa de participación global, porcentaje de la población económicamente activa (PEA) con respecto a la población en edad de trabajar (PET), ha promediado 52.2% a nivel nacional, mientras que las tasas de participación global urbana y rural han registrado promedios de 54.3% y 49.3%, respectivamente[21].

Estas cifras son alarmantes cuando se visualiza desde un enfoque de género. El último IDH (2006) indica que, aunque el sector femenino representó más del 53.19% de la PET, las mujeres que se encuentran económicamente activas sólo fueron un 20.48% del total de esta. Por lo contrario, en el caso de los hombres, ellos representan un 31.23% de la población económicamente activa en edad de trabajar, aun cuando sólo son el 46.81% de la PET. En pocas palabras, por cada hombre que se encuentra en edad de trabajar y no está activo económicamente, existen 2 mujeres en iguales condiciones.

Otros indicadores revelan que, no obstante en la década de los noventa la tasa de desempleo presentaba una reducción, en los últimos años, esta ha tendido a estancarse alrededor del 7%. Específicamente, el dato más reciente reveló un incremento de 0.4 puntos porcentuales, pasando de un 6.8% en 2004 al 7.2% en 2005. En esta dinámica, la juventud es el estrato poblacional que presenta mayor índice de desocupación[22].

La población urbana desempleada aumentó en 1.1 puntos porcentuales en 2005, registrando una tasa de 7.3%, siendo nuevamente las mujeres las más desfavorecidas, ya que la tasa de este sector poblacional creció 1.0 puntos más, mientras que la masculina tan solo un 0.2%. Asimismo, del análisis de los indicadores puede advertirse que el empleo tiene una incidencia mayor en personas que tienen más años de estudios aprobados, especialmente entre las personas que tienen 7 y 12 años de estudios[23].

En este punto, es necesario traer a colación que, indiscutiblemente, el cese del Acuerdo Multifibras ha sido un duro golpe para El Salvador, no sólo porque el 60% de sus exportaciones se genera en la industria textil[24], sino por la repercusión que trajo en materia de desempleo. La CEPAL, al hablar sobre el impacto de la intensa competencia internacional sobre el empleo manufacturero, reconoció que en “países como El Salvador y República Dominicana se perdió empleo por la contracción en el sector de la maquila de textiles”[25].

Por otra parte, es ineludible señalar que, en el país, el subempleo afecta a casi un tercio de la población trabajadora urbana (32.2%). De ese porcentaje, el 5.6% trabajaba involuntariamente menos de 40 horas a la semana y el 26.5% trabajaba 40 horas o más a la semana, pero con un ingreso menor al salario mínimo. En el primer lustro del milenio (2000-2005), el porcentaje de la población trabajadora urbana que está en el sector informal aumentó en un 6.7%[26], reportando en este último año el 54.4% de la población ocupada, de la cual más de la mitad (el 59.7%) correspondía a mujeres.

Es importante resaltar que la población ocupada durante 2005 era de 2,526,363 personas, de las cuales el 35.9% estaban en calidad de asalariadas permanentes y el 28.9% se dedicaban a trabajar por cuenta propia. Algunos señalan que, según el grupo ocupacional, el 32% de los ocupados son trabajadores no calificados. En el mismo año, la situación del subempleo era de 33% y el 26.8% eran subempleados invisibles o que perciben un ingreso menor que el salario mínimo[27].

Es lamentable que las estadísticas señalen que más de la mitad de la población ocupada en el área urbana (55.5%) no tiene acceso a las prestaciones de la seguridad social o no está cubierta por el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS)[28]. A este respecto, la categoría de asalariados permanentes constituye la categoría ocupacional con menor porcentaje de ocupados sin cobertura, con el 22.5%. Durante 2006, las Administradoras de Fondo de Pensiones (AFP) registraron 1,437,474 personas afiliadas al sistema, pero de esas sólo el 37.4% eran cotizantes activas. Es interesante que durante los últimos años la tasa de densidad de cotización tiende a la disminución, pues en 2000 el 58.6% de los afiliados cotizaba, mientras que en 2006 sólo representó el 37.4%[29].

En materia sindical, a mediados de 2006, el Ministerio de Trabajo y Previsión Social (MINTRAB) contaba con un registro de 178 sindicatos con una población afiliada de 168,849. La última tasa de sindicalización (2005) fue de 6.2%, lo cual indica que sólo 6 de cada 100 personas ocupadas están sindicalizadas en el país.

El salario mínimo actual entró en vigor desde noviembre de 2007, cuando se reformó el salario vigente desde septiembre de 2006. Entonces, éste ascendía a US$174.30 en el sector comercio y servicios, US$170.42 en la industria, US$157.20 en la maquila y US$81.60 en la agricultura. En la actualidad, éste asciende a US$183.00 en el sector comercio y servicios, US$179.10 en la industria y US$162.00 en la maquila textil y confección. En contraste, según el último boletín de precios al consumidor realizado por la Dirección General de Estadísticas y Censo (DIGESTYC), el costo de la canasta de mercado (básica) en noviembre de 2007 era de US$724.05, la cual sufrió un incremento de 1.4% respecto a octubre y, a su vez, aumentó un 6.23% si se compara con el mismo dato respecto al mes de noviembre del año anterior (US$682.00) Por tanto, es evidente que, por ejemplo, el salario de una persona que trabaja en el sector maquila representa tan solo un 22.67% de la canasta de mercado (básica). Además, si se es un poco más específico, para lo cual no hace falta realizar muchos cálculos, y concluir que mientras el salario mínimo se “reajustó”, —con suerte— después de un año, un 3% en el sector maquila, tan sólo en un mes la canasta básica urbana aumentó 5.4%, pasando de US$154.50 en octubre a US$162.70 en noviembre de 2007, que incluso es 70 centavos de dólar mayor que el salario mínimo de maquila.

En fin, la amalgama de la precariedad del empleo más el estancamiento de los ingresos de amplios sectores de la población es, en la actualidad, uno de los obstáculos importantes para mejorar las condiciones sociales del país. Como señala el PNUD, “de no ser por la continua migración de la población al exterior, particularmente hacia Estados Unidos, que opera como una válvula de escape del mercado laboral […] y que a la vez complementa los ingresos de los hogares […] la situación económica y social del país sería bastante más apremiante”[30].

Por tanto, las remesas familiares juegan un papel fundamental para amortiguar en el ámbito de la pobreza el impacto de la escasa asignación al gasto social. No sólo en el sentido de que “[c]ada vez que una persona pobre abandona el país, […] el numerador de la tasa de pobreza disminuye [, o porque l]as migraciones también quitan presión a la demanda de empleo y de servicios sociales básicos”[31], sino que los mismos datos oficiales afirman que las remesas permiten que, en promedio, medio millón de personas alcancen ingresos que superan la línea de extrema pobreza. De modo que, hoy por hoy, el binomio migración-remesas es “una de las principales redes de protección social en El Salvador […], de mayor alcance que la mayoría de los mecanismos formales de protección social apoyados en las políticas públicas”[32].

Más aún cuando en los últimos tres años el país ha reducido el porcentaje del PIB destinado al gasto social. En 2004, era de casi del 8% y en 2007 un poco menos del 6%[33], contradiciendo tácitamente al discurso oficial, según el cual “lo social no es complemento de nada: Lo social es la base de todo”[34]. Incluso, ya en 2004, el BM sostuvo que “[e]l nivel de gasto total del gobierno central s[eguía] siendo bajo en relación con otros países de América Latina […] especialmente […] debido a la necesidad de impulsar el crecimiento y cumplir con la agenda social”[35]. En cuanto a ello, la CEPAL en reiteradas ocasiones ha considerado que el gasto público per cápita coloca al país en el grupo de “gasto bajo”; incluso señaló que, a nivel regional, los recursos adicionales necesarios para alcanzar la meta de cobertura universal de los servicios sociales básicos se estimó en un 8% del gasto público[36].

A continuación conviene analizar, de un modo general, algunas de las violaciones a derechos laborales más frecuentes en El Salvador, como consecuencia de la tendencia a flexibilizar las relaciones laborales y de la preponderancia del mercado sobre los Derechos Humanos.

I. Afectaciones a la Estabilidad Laboral

En El Salvador, la justicia laboral es básicamente una justicia de cesantes; esto es posible afirmarlo con toda certeza si se toma en cuenta que, aproximadamente, más del 90% de los casos denunciados en el sistema —tanto en sede administrativa como judicial— corresponden a afectaciones a la estabilidad laboral[37]. De acuerdo con las cifras proporcionadas por el MINTRAB, de un total de 6,012 denuncias recibidas en la sede administrativa en 2004, 5,901 se originaron por despidos (98.15%) y 111 se debían a terminación de contrato (1.85%)[38].

De manera más específica, las estadísticas oficiales reflejan que los sectores más afectados son la industria y los servicios. Dentro del primer rubro, sin lugar a dudas, la industria de la confección de ropa e indumentaria es la que presenta frecuentemente despidos en masa provocados por los cierres de las empresas dedicadas a esta actividad económica[39].

La maquila salvadoreña “experimentó un notorio crecimiento a partir de la década de los años 90, cuando se configuró como una estrategia económica basada en la industrialización y en la promoción de exportaciones de productos no tradicionales. Desde entonces, la maquila empezó a ganarse un lugar privilegiado en las cuentas nacionales, hasta el punto que sus exportaciones desplazaron a muchos productos tradicionales”[40]. Sin embargo, el actual decrecimiento de las exportaciones de este sector ha dado paso, entre otras consecuencias, a la afectación masiva del derecho a la estabilidad laboral de las personas que trabajan en estas empresas.

Según la Unidad de Defensa de los Derechos del Trabajador de la PGR, en 2005, se atendieron en esta institución 2,674 denuncias en el sector maquila, de las cuales 1,638 (61.26%) eran por despido; en 2006, se contabilizó un total de 656 reclamos en este mismo sector, siendo 437 (66.62%) casos relativos a despidos[41] (veáse Cuadro n.° 5).

Asimismo, como se expuso en la situación del país, es innegable el impacto que ha traído el fin del Acuerdo Multifibras en materia de desempleo. Incluso la misma CEPAL ha visto con preocupación la gran pérdida de empleos en el sector de la maquila[42]. En el Foro Balance y Perspectiva de la Maquila en El Salvador, se estableció que, durante 2005, al menos 11,500 trabajadores y trabajadoras fueron suspendidos de la maquila[43]. Entre 2005 y 2006, se tiene un estimado de 18 empresas perdidas (cerradas) en ese sector productivo[44]. En suma, de 2004 hasta diciembre de 2006, se calcula que se han perdido cerca de 20,000 empleos[45].

Como se sostuvo anteriormente, en El Salvador se consagran 18 causales (artículos 36 y 37 del CT) que pueden ser invocadas por la parte patronal para suspender, temporal y justificadamente, el contrato de trabajo a sus empleados o empleadas; de estas causales, 11 pueden ser aplicadas unilateralmente y sin previa autorización judicial o administrativa (artículo 38). Una de las causales a la que más se acogen los empleadores es a aquella relativa a la falta de fondos o de materia prima.

Lamentablemente, la parte patronal tiende a hacer un uso indebido de estos mecanismos legales que, al final, resultan siendo una justificación para los despidos que atentan contra la estabilidad laboral de muchos trabajadores y trabajadoras. En ese sentido, reiteradamente, GMIES ha sostenido que “estas causas son enunciadas frecuentemente para maquillar los despidos [...]. La ley permite que las suspensiones por falta de materia prima se extiendan hasta nueve meses, lo que genera enormes presiones económicas para el trabajador o la trabajadora y muchas veces opta por renunciar”[46].

En el cuerpo normativo salvadoreño, el derecho a estabilidad está recogido en muchas normas, por ejemplo, el artículo 25 del CT establece que “[l]os contratos relativos a labores que por su naturaleza sean permanente[s] en la empresa, se consideran celebrados por tiempo indefinido, aunque en ellos se señale plazo para su terminación”. Sin embargo, es frecuente que en la práctica prevalezca más la libertad de contratación que la estabilidad laboral. Lo peor de todo es que la institucionalidad estatal competente para proteger y tutelar este derecho es todavía muy débil, además de que los empresarios tienden a recurrir a subterfugios, como cambiar su razón social, para evadir su responsabilidad ante estas infracciones y no pagar las indemnizaciones correspondientes.

Incluso, en ocasiones, las mismas instituciones, al momento de realizar las conciliaciones, negocian porcentajes de las indemnizaciones que por ley les corresponden a los trabajadores y las trabajadoras[47], pese a que la justificación legal de estas es que la persona trabajadora “necesita una compensación por la pérdida de bienestar que le causa quedar desempleada, tanto en términos emocionales como financieros. Asimismo, debe fungir como un seguro de desempleo, y financiar el período de desocupación”[48]. Desde la óptica de la empresa, la indemnización constituye una suerte de impuesto al despido a las empresas que buscan reestructurarse para “adaptarse a cambios en las condiciones económicas y la competencia”[49].

Como se ha referido, el criterio salvadoreño para calcular la indemnización está directamente relacionado con la “antigüedad” del trabajador o la trabajadora despedida. Es decir, que en la medida en que se vayan acumulando años laborales, el monto de la indemnización será mayor, en caso de despido. Sin embargo, la misma ley establece que “en ningún caso será menor del equivalente al salario básico de quince días” y que tampoco el “salario podrá ser superior a cuatro veces el salario mínimo legal vigente”.

En otras palabras, una empresa con trabajadores antiguos afronta costos más elevados que una empresa con trabajadores poco experimentados[50]. La parte patronal, consciente de esta realidad, frecuentemente trata de evadir esta responsabilidad de dos formas: indemnizando a su fuerza laboral cada año o haciendo una renovación constante de su personal, de modo tal que muy pocas personas logren acumular muchos años.

Ante ello, es innegable que existen sectores que estructuralmente son más sensibles a la rotación; esto obedece a razones de tecnicidad, rango en la escala de producción, y otros. Al respecto, recientemente, GMIES ha sugerido que dentro del sector de la maquila existe una continua ola de contrataciones o una marcada rotación laboral en el área de los operarios, que provoca “una poca estabilidad laboral con la que gozan los trabajadores y trabajadoras”[51]. Desafortunadamente, la constante reestructuración organizativa bajo el argumento de sobrellevar efectivamente la dinámica económica actual seguirá provocando una gran volatilidad en la estabilidad laboral hasta que no se logre superar la debilidad institucional en materia laboral.

II. Atentados contra la libertad sindical

En materia de libertad sindical, el escenario también resulta ser bastante desfavorable para que la población trabajadora ejerza su derecho a la organización.

La libertad sindical en El Salvador tiene su asidero legal en el artículo 47 de la Constitución y 204 del CT. Igualmente, el Estado salvadoreño ha aceptado múltiples compromisos internacionales en materia sindical —como el Protocolo de San Salvador, entre otros—, pero, en vez de ajustar la normativa laboral interna al contenido de dichos instrumentos, se han tomado múltiples medidas para volverlos ineficaces.

Ciertamente, esto responde al modelo de relaciones colectivas de trabajo que ha manejado El Salvador, el cual busca “reafirmar el sistema de economía libre de mercado mediante la preeminencia de los intereses empresariales, limitando fuertemente los principios inherentes a la libertad sindical, para efectos de no introducir elementos que distorsionen el mercado de trabajo”[52]. En ese sentido, la PDDH[53] ha sostenido que:

[B]ajo el actual estilo de desarrollo de nuestro país, la flexibilización de las relaciones laborales se ha convertido prácticamente en requisito indispensable para incrementar la competitividad de empresas públicas y privadas y para posicionarlas en el estrecho mercado nacional y en el comercio externo, tan desigual. En el caso de la organización sindical y demás libertades sindicales relacionadas con ella es similar, habiendo quedado demostrado que éstas se han considerado y presentado en los últimos años –desde el punto de vista gubernamental, parte del sector empresarial y de organismos financieros internacionales– como un verdadero obstáculo en la definición y consecución del horizonte económico vigente.

En El Salvador, ha habido una concepción anacrónica de las facultades inherentes a la noción de libertad sindical, pues al preponderase las facultades de constituir, organizar, afiliarse y desafiliarse de una organización, en lugar de divisar en ella una herramienta útil de defensa de los intereses colectivos de las personas trabajadoras, se ha percibido como un fin y no como un medio. En síntesis, existe la noción generalizada de minimizar la libertad sindical en el derecho a la sindicalización[54].

Sin embargo, bajo una acepción mucho más amplia de este derecho fundamental, “resulta fácil comprender que forman parte de su contenido esencial, el derecho de sindicación (faz orgánica) y naturalmente el derecho a hacer valer los intereses colectivos de los trabajadores organizados mediante la acción reivindicativa y participativa, lo que se canaliza a través del ejercicio de los derechos de negociación colectiva y de huelga (faz funcional)”[55].

Otros elementos concomitantes de esta realidad son la cultura antisindical del país y la indolencia estatal para promover y defender los derechos sindicales, provocando así una sinergia que merma el reconocimiento y el ejercicio de los derechos colectivos laborales. A ese tenor, el énfasis preponderante en el tema económico señalado con anterioridad ha ido relegando cualquier consideración y relevancia de los derechos laborales en las políticas públicas impulsadas por el gobierno. Sobre este punto, vale destacar que la actitud del MINTRAB ante las prácticas desleales que atentan contra la libertad de organización de los trabajadores y las trabajadoras se limita a “ignorar las manifiestas conductas antisindicales”[56], pese a que existen variadas formas de obstaculizar el ejercicio de la libertad sindical en el país, entre otras, la retardación en la concesión de personería jurídica o negación de la misma; los despidos de promotores y/o afiliados a sindicatos o directivos sindicales, aunque estos últimos se encuentren protegidos por el fuero sindical; las privaciones de libertad arbitrarias de sindicalistas; los requisitos excesivos en materia de negociación colectiva y del derecho a huelga.

Concretamente, debe considerarse que son actos de discriminación sindical los que: 1) condicionan el acceso o la permanencia en el trabajo a que el trabajador o la trabajadora no se afilie a un sindicato o se cese en su afiliación por el mismo, y 2) provocan el despido o traslado de un trabajador o una trabajadora por su afiliación o participación en actividades sindicales[57].

En reiteradas ocasiones[58], la OIT ha sostenido que el CT salvadoreño “viola los principios de la libertad sindical y [ha] lamenta[do] que en aplicación de esa legislación las autoridades hayan negado la personalidad jurídica a varios sindicatos en formación”. Lo neurálgico es que, pese a ello, el MINTRAB ignora muchas de las resoluciones emitidas por esta organización[59], no obstante el Estado tiene su responsabilidad internacional comprometida al ser miembro de la misma.

Hay que apuntar que si bien algunos datos confirman un crecimiento en la tasa de sindicalización en el país, todavía no es posible sostener que se ha superado el “impasse” reportado en los últimos años alrededor del tema. De acuerdo con el Departamento de Estado de los Estados Unidos, desde 2000 hasta 2004, se reportó un estancamiento de la tasa de sindicalización en 5.7%, y en este último año siguió en evidente declive, llegando al 5.4%[60]. Como se sostuvo, a mediados de 2006, este indicador subió al 6.2%[61]. Pero, aun así, sólo 6 de cada 100 personas ocupadas están sindicalizadas en el país. Sin embargo, en materia de contratos colectivos de trabajo, la realidad es cada vez más oscura, pues durante el período de 2000 a 2004 hubo una disminución considerable de los contractos colectivos vigentes, pasando de 318 a 298, que dejaron desprovistos a unos 12,220 trabajadores y trabajadoras[62].

Concretamente en el sector de la maquila salvadoreña, GMIES ha indicado que la libertad sindical enfrenta “obstáculos de facto y de jure que permiten que la industria de la confección de ropa e indumentaria en El Salvador, tenga como característica, ese denso ambiente antisindical”[63]. Esto se evidencia, sobre todo, en materia de discriminación sindical, pues es frecuente la “creación de listas negras [...] que contienen los nombres de los trabajadores que han sido identificados por las empresas como sindicalistas y que, por lo tanto, no deben ser contratados” [64].

En fin, en pleno siglo XXI, en El Salvador, existen muchas acciones y omisiones que constituyen impedimentos claros para el pleno ejercicio de la libertad sindical, que van desde el estancamiento del ordenamiento jurídico relacionado con la protección eficaz al derecho y la ineficacia estatal, hasta el desgastado tejido sindical.

III. Afectaciones a la Seguridad Social

En los últimos años, gozar del derecho a la seguridad y previsión social en El Salvador se ha convertido en un espejismo debido a la inobservancia de las normas laborales que protegen este derecho. En razón de ello, se ha constatado que en ocasiones la parte patronal realiza los respectivos descuentos de los salarios de los trabajadores y las trabajadoras, pero no traslada las cotizaciones a las instituciones respectivas[65], por lo que, a la larga, imposibilitan hacer uso de los beneficios de este derecho a sus trabajadores y trabajadoras.

El artículo 50 de la Constitución salvadoreña declara la seguridad social como un servicio público de carácter obligatorio. Establece, además, que al pago de la seguridad social contribuirán los patronos, los trabajadores y las trabajadoras y el Estado. Deja al Estado y al patrono en un plano de subsidiariedad respecto de las obligaciones a favor de los empleados y las empleadas, cuando aquellas sean cubiertas por el Seguro Social. Igualmente, en el ordenamiento jurídico secundario, existen diversos cuerpos normativos que consagran el derecho de la población trabajadora a recibir las prestaciones de salud y ahorro previsional.

Este problema es particularmente sensible en el sector maquila. Actualmente, se estima que las retenciones no trasladadas por este tipo de empresas anualmente alcanzan los US$5.7 millones[66]. Desde la óptica de los trabajadores y las trabajadores, se visualiza de esta manera: de acuerdo al salario mínimo vigente hasta octubre de 2007 para el sector de la maquila, las personas trabajadoras devengaban un salario mensual de US$157.20, es decir, al año reportan un ingreso de US$1,886.4, de los cuales se les descuenta US$174.48. Esta deducción equivale al 9.25% del ingreso anual y se reparte de esta forma: el 3% va destinado al pago de salud y el 6.25% del ingreso anual, al fondo de ahorro para pensiones.

Según apreciaciones de la PGR, “aproximadamente 33 mil trabajadores no poseen Seguro Social ni ahorros previsionales. La cifra de afectados sin el ISSS se multiplica cuando se suman los beneficiarios, es decir, los hijos y cónyuges de los trabajadores”[67]. Con relación al monto total de la deuda que mantienen varias empresas privadas con el ISSS, dicha suma se estima en más de US$4.4 millones en cotizaciones descontadas[68].

A ese tenor, el Seguro Social ha presentado 176 denuncias por igual número de casos a la FGR en un intento por recuperar, por la vía judicial, unos US$3.3 millones de esta deuda. Además, hay unos 61 juicios ejecutivos que se mantienen desde hace años en la entidad, por un monto de US$1.1 millones por deudas que arrastran varias empresas desde antes que entraran en vigor las reformas penales que incluyeron el delito de apropiación indebida de cuotas laborales[69].

Entre los obstáculos institucionales que existen para hacer efectivos los cobros a las empresas morosas, pueden mencionarse: a) la FGR tiene la atribución legal de iniciar la acción penal correspondiente contra el patrono que retiene las cuotas, pero no está facultada para recuperar el dinero adeudado, y b) muchas fábricas cierran y vuelven a inscribirse con otra razón social, por lo que legalmente no se les puede tratar igual, es decir, no puede perseguirse su patrimonio.

El número de personas aseguradas, actualmente, bajo el régimen del ISSS asciende a 1,019,220[70]. En febrero de 2007, el ISSS reportó “30 mil 245 patronos inscritos y 655 mil 560 trabajadores beneficiados, de los cuales 5 mil 557 patronos estaban pendientes de pago de planilla, afectando a 71 mil 465 empleados”[71]. Ante esta cruda realidad se tiene que la FGR sólo cuenta con 19 fiscales encargados para tramitar los casos relativos a retención de cuotas a nivel nacional[72], por lo que puede concluirse que, frente al extenso universo de trabajadores y trabajadoras afectados por la retención de sus cotizaciones, existe un limitado número de fiscales que se encarguen de ejercer la respectiva acción penal, soportando estos una enorme carga laboral que les impide desempeñar eficazmente su función.

Respecto de las normas laborales y leyes referentes a la seguridad social en las zonas francas, resulta innegable la inaplicación de las mismas. En los recintos fiscales, la exoneración fiscal ha sido mal entendida como exención jurídica de sus responsabilidades en materia de seguridad social. Pero debe tenerse en cuenta que el cumplimiento adecuado de las leyes laborales en zonas francas depende en gran medida de “una efectiva” labor de supervisión y control por parte de las autoridades administrativas, complementado con un expedito desempeño del sistema judicial, situación que en la práctica dista mucho de ser cumplida por los funcionarios y las funcionarias competentes de ejercer esta función.

Lo peor de todo es que, para noviembre de 2005, uno de cada ocho empresarios no pagaba las cuotas del Seguro Social y, como consecuencia, 26,980 trabajadores no pudieron acceder a los servicios de salud, aunque se les descontaron las respectivas cuotas. Las demandas entabladas por el Seguro Social durante 2005 tenían por objeto recuperar US$2,667,000, fruto de descuentos realizados por empresarios a sus trabajadores, pero que no fueron trasladadas al ISSS[73]. Esto refleja la debilidad institucional en temas laborales y la desprotección en que se encuentran los trabajadores y las trabajadoras frente a los delitos laborales que pudieran cometer los patronos.

IV. Conclusión

En síntesis, es posible afirmar que, el modelo neoliberal en El Salvador “(…) se caracteriza por la precarización del empleo, la flexibilidad laboral, el manejo cada vez más hegemónico de las empresas transnacionales, la significativa presencia de la maquila textil –como propuesta de empleo y desarrollo–, la privatización de los servicios públicos, el debilitamiento de la institucionalidad del Ministerio de Trabajo, el paulatino desaparecimiento de la contratación colectiva y la muerte provocada del movimiento sindical”[74]; resultando la población trabajadora seriamente perjudicada en el goce de sus derechos laborales y derechos humanos en general.



[1] Calderón, F., “Notas sobre la crisis de legitimidad del Estado y la democracia”, en La democracia en América Latina: hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos: contribuciones para el debate (PNUD), Buenos Aires 2004, pp. 193 y ss.

[2] Mutatis mutandis. Desempeño económico y del mercado de trabajo de El Salvador 2004-2005. San Salvador, FUNDE, Global Policy Network, p. 1.

[3] Costa Rica y Panamá son las únicas naciones de la región centroamericana que forman parte del bloque de países con un desarrollo humano alto.

[4] En el informe de 2004, se registró un IDH de 0.719; en 2005, de 0.722; y en 2006, de 0.729.

[5] Lara, E., Empleo y pobreza: estado de los indicadores. San Salvador, FUNDE, mayo de 2007, p. 4.

[6] Entiéndase como aquellas fundamentales para mejorar la capacidad y condiciones de vida de las personas o los hogares, en detalle: calidad de la vivienda, no hacinamiento, agua potable, saneamiento, educación, acceso a la salud y electricidad.

[7] Lara, E., op. cit., p. 29.

[8] Lara, E., op. cit., p. 27.

[9] Lara, E., op. cit., p. 37.

[10] Mientras que el decil más pobre recibió el 1.3%, el más rico recibió el 37.3% del ingreso nacional. Véase Lara, E., op. cit., p. 32.

[11] Lara, E., op. cit., p. 4.

[12] El índice de Gini es coeficiente de Gini multiplicado por cien. Este coeficiente es el indicador que mide el nivel de concentración del ingreso y de los activos entre la población. Este coeficiente es una medida de 0 a 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno).

[13] PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano de 2006, p. 336.

[14] PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano de 2003, P. 284.

[15] Lara, E., op. cit., p. 4.

[16] PNUD, “Trayectorias hacia el cumplimiento de los ODM”, en Cuadernos sobre Desarrollo Humano, n.° 6. San Salvador, mayo de 2007, p. 21.

[17] Ídem, p. 22.

[18] Cfr. Informe Social Watch 2005 por país: El Salvador [en línea], disponible en la página electrónica: http://www.socialwatch.org/es/informeImpreso/pdfs/elsalvador2005_esp.pdf.

[19] Véase la reseña sobre El Salvador del Banco Mundial en la página electrónica: http://web.worldbank.org/WBSITE/EXTERNAL/BANCOMUNDIAL/EXTSPPAISES/LACINSPANISHEXT/ELSALVADORINSPANISHEXTN/0,,menuPK:454654~pagePK:141132~piPK:141107~theSitePK:454643,00.html.

[20] Rubio-Fabián, R. “¿Por qué no crece nuestra economía?” [en línea], en Alternativas para el desarrollo. San Salvador, FUNDE, junio-julio de 2005, ISSN 1811-430X, disponible en la página electrónica: http://www.funde.org/Publicaciones/Publicaciones_FUNDE/Alternativas_para_el_Desarrollo/alternativas_94.pdf, p. 1.

[21] Cfr. PNUD (2007), p. 22.

[22] Lara, E., op. cit., p. 7.

[23] Ibídem.

[24] PNUD (2007), p. 23.

[25] CEPAL, Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe [en línea]. Santiago de Chile, diciembre de 2006, ISBN: 92-1-322976-3, disponible en la página electrónica: http://www.eclac.cl/publicaciones/xml/2/27542/lcg2327_p_e_.pdf, p. 54.

[26] En 2000, el 47.7% de la población trabajadora del área urbana estaba en el sector informal, mientras que, en 2005, el porcentaje fue del 54.4%.

[27] Cfr. Lara, E., op. cit., pp. 9-10.

[28] Lara, E., op. cit., p. 7.

[29] Cfr. Lara, E., op. cit., pp. 12-13.

[30] PNUD (2007), p. 28.

[31] PNUD (2007), p. 17.

[32] PNUD (2007), p. 18.

[33] Cfr. Pacas, F. “Remesas alivian la pobreza de medio millón de salvadoreños” [en línea], en ComUnica en línea, año 4, n.° 11, 15 de junio de 2007, disponible en la página electrónica: http://www.uca.edu.sv/virtual/comunica/archivo/jun152007/notas/nota33.htm.

[34] Véase la página electrónica: http://www.casapres.gob.sv/especiales/primeraniversario/index.htm.

[35] Cfr. Banco Mundial.Evaluación del gasto público” [en línea], en Resumen ejecutivo, Washington D.C., agosto de 2004, disponible en la página electrónica: http://wbln0018.worldbank.org/LAC/lacinfoclient.nsf/6f1c77f445edaa6585256746007718fe/4be60a64d8c13cba85256f47005378a4/$FILE/ElSalvador_PER.pdf.

[36] Ganuza, E.; León, A. y Sauma, P. Gasto público en servicios sociales básicos en América Latina y el Caribe: análisis desde la perspectiva de la Iniciativa 20/20. San José, PNUD-CEPAL-Universidad de Costa Rica.

[37] Germán Emilio Muñoz Hernández, Procurador Adjunto de Áreas Especializadas: Derechos Laborales y Patrimoniales, junio de 2007.

[38] Ministerio de Trabajo y Previsión Social. Cuadro nº 3.8.1: Diferencias individuales por forma de resolución y sexo según causal del reclamo y oficina, disponible en la página electrónica http://www.mtps.gob.sv.

[39] Germán Emilio Muñoz Hernández, Procurador adjunto de Áreas Especializadas: Derechos Laborales y Patrimoniales, junio de 2007.

[40] Cfr. Valencia, A. Informe El Salvador: La fuerza de trabajo en las maquilas de la región centroamericana y